The social practice of sexual consent in young people. A systematic review
Carmen Rodríguez Menéndez* e Iriana Sánchez Álvarez**
*Doctora en educación por la Universidad de Oviedo, (Asturias, España). Adscripción: Facultad de Formación del Profesorado y Educación de la Universidad de Oviedo. Temas de especialización: género y feminismos.
ORCID: 0000-0001-7074-8223.
**Doctora en educación por la Universidad de Oviedo, (Asturias, España). Adscripción: Facultad de Formación del Profesorado y Educación de la Universidad de Oviedo. Temas de especialización: género y feminismos.
ORCID: 0009-0007-5248-1378.
Resumen: El consentimiento sexual ha recibido atención en España debido a la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual, que prioriza la prevención de las violencias mediante la educación sexual. En este contexto, se ha realizado una revisión sistemática de estudios empíricos que analizan la comunicación y las actitudes de los jóvenes hacia el consentimiento sexual. Los resultados muestran que las prácticas de negociación sexual entre los jóvenes no siguen las pautas del consentimiento afirmativo, sino que están determinadas por el doble estándar sexual. El artículo finaliza con la presentación de algunas pautas educativas orientadas a promover una educación sexual integral.
Palabras clave: consentimiento sexual, jóvenes, revisión sistemática, educación sexual, actitudes.
Abstract: Sexual consent has received attention in Spain due to the Organic Law on Comprehensive Guarantee of Sexual Freedom, which prioritizes the prevention of violence through sex education. In this context, a systematic review of empirical studies analyzing communication and attitudes toward sexual consent among young people has been conducted. The results show that young people’s sexual negotiation practices do not follow the guidelines of affirmative consent, being determined by the sexual double standard. The article concludes by providing some educational guidelines to promote comprehensive sex education.
Keywords: sexual consent, young people, systematic review, sexual education, attitudes.
El 7 de septiembre de 2022 se publicó en España la Ley Orgánica 10/2022, de garantía integral de la libertad sexual. Esta ley introduce el consentimiento sexual afirmativo como un aspecto relevante para determinar la existencia de agresión sexual, de modo que: “Sólo se entenderá que hay consentimiento cuando se haya manifestado libremente mediante actos que, en atención a las circunstancias del caso, expresen de manera clara la voluntad de la persona” (artículo 178). En este contexto, la literatura científica ha definido el consentimiento afirmativo como aquel que enfatiza que la presencia de un “Sí”, en lugar de la ausencia de un “No”, constituye un acuerdo. Para que el consentimiento sea válido, debe ser voluntario y no ocurrir en contextos de miedo, presión o coerción. También debe ser comunicado continuamente, de modo que un consentimiento otorgado para un primer acto sexual no significa que se conserve para el resto de las actividades sexuales presentes y futuras con una persona en particular. En otras palabras, la toma de decisiones respecto al consentimiento debe ser un proceso continuo y contingente y no un evento discreto a priori (Álvarez Medina, 2023).
La producción científica, fundamentalmente en el ámbito anglosajón, ha sido muy prolífica para determinar las actitudes hacia el consentimiento. Se ha estudiado la forma en la que se entiende y comunica el consentimiento, así como las discrepancias que se producen entre la definición legal y su uso en las actividades sexuales cotidianas, con el propósito de fundamentar programas de educación sexual que coloquen este tema en el centro de su desarrollo programático. Por todo ello, nuestro objetivo ha sido desarrollar una revisión sistemática centrada en investigaciones previas que exploran cómo los jóvenes utilizan, comunican y entienden el consentimiento afirmativo. A través de este análisis, se pretende identificar patrones, vacíos y desafíos existentes, con el fin de proporcionar una base sólida para el desarrollo de programas educativos preventivos frente a las violencias sexuales.
El artículo se estructura de la siguiente manera. En primer lugar, se presenta la metodología empleada en la revisión sistemática, los criterios de selección de los estudios y el procedimiento seguido para el análisis de datos. Posteriormente, se exponen los resultados obtenidos, con énfasis en las principales tendencias y hallazgos. Finalmente, se discuten las implicaciones de estos resultados para la educación sexual y la prevención de la violencia machista.
Finalmente, es importante señalar que la contribución principal de este estudio radica en compilar y sintetizar la literatura existente en los últimos años en relación con el consentimiento sexual afirmativo entre jóvenes, así como integrar las diferentes perspectivas que han sido abordadas en los estudios previos. Esto permite enriquecer el cuerpo de conocimiento actual, detectando fortalezas y vacíos en la investigación. Además, dado que la mayoría de las investigaciones provienen de entornos anglosajones, resulta necesario explorar su aplicabilidad y relevancia en el contexto hispanohablante, donde estos estudios son escasos.
Método
Diseño y búsqueda de estudios
Se desarrolló un protocolo con base en los elementos establecidos para revisiones sistemáticas (PRISMA) (Moher et al., 2009). La búsqueda bibliográfica se realizó en las bases de datos PubMed, Web of Science, Scielo y Redalyc a partir de los siguientes términos: sexual consent and university students, college students, high school students, adolescents, undergraduate, young people. También se buscó consentimiento sexual and adolescentes, jóvenes, universitarios, educación superior. Además, se hizo un compendio de artículos adicionales a través de una revisión de las referencias citadas por las fuentes previamente incluidas. Se incluyeron artículos publicados desde 2018 hasta abril de 2024, año en que se realizó la búsqueda.

Extracción de los estudios
y análisis de datos
La figura 1 proporciona un diagrama de flujo PRISMA que documenta los pasos para identificar, seleccionar e incluir los estudios analizados en esta revisión. Se examinaron los títulos y resúmenes, se eliminaron los estudios duplicados y se excluyeron los que claramente no cumplían con los criterios de inclusión (Moher et al., 2009). Las dos autoras del artículo examinaron, de forma independiente, los títulos y resúmenes para compararlos con dichos criterios. No hubo acuerdo con la elegibilidad de siete artículos en la fase de resumen, por lo que se acordó mantenerlos en texto completo. Luego de realizar la lectura completa, decidieron incluirlos en la revisión. Se leyeron y extrajeron los siguientes datos de los artículos seleccionados: autoría, año, diseño del estudio, método de análisis, participantes, objetivos de la investigación y principales hallazgos. El campo disciplinar de los estudios analizados es heterogéneo, como corresponde a una temática de gran relevancia para el ámbito de las ciencias sociales; las disciplinas prioritarias son la sociología, la educación, los estudios de género y la psicología.

En el análisis temático (Terry et al., 2017) se consideró el método apropiado para agrupar los estudios y analizar patrones sobre la temática de acuerdo con los objetivos del estudio. El primer paso de dicho método consistió en la familiarización con los datos mediante lecturas minuciosas y repetidas de los artículos. A continuación, se generaron los códigos iniciales a partir de la codificación sistemática de la información contenida en los documentos. Luego, se agruparon los códigos en temas potenciales, los cuales se revisaron para asegurar su coherencia y representatividad con el objeto de estudio. Los temas finales fueron: definición del consentimiento sexual, comunicación del consentimiento, el guion sexual y la comunicación del consentimiento, variables moduladoras en la comunicación del consentimiento y la educación sobre el consentimiento. El criterio de codificación de los datos fue, según el método temático, la coherencia conceptual y teórica, de manera que las decisiones de codificación se alinearon con el marco teórico-epistemológico del estudio. El marco de análisis fue realizado por una de las autoras y la segunda revisó el proceso seguido.
Resultados
Definición del consentimiento sexual
Las investigaciones han demostrado que los y las jóvenes, a priori, manifiestan una actitud positiva hacia el consentimiento afirmativo, pues entienden su definición legal como un acuerdo mutuo, continuo, explícito, consciente y otorgado entre mayores de edad (Brady et al., 2018; Bragg et al., 2021; Bednarchik et al., 2022; Hirsch et al., 2019; Holmström et al., 2020; Javidi et al., 2020; Knountsen et al., 2024; Marg, 2020; Ólafsdóttir y Kjaran, 2019; Pella y McClung, 2024; Righi et al., 2021; Schobert et al., 2021; Shumlich y Fischer, 2020; Whittington, 2019; Williamson et al., 2023; Willis et al., 2019).
Sin embargo, más allá de conocer la definición legal, los estudios también demuestran que, cuando la discusión se complejiza, comienzan a aparecer inconsistencias y contradicciones en las opiniones manifestadas (Baldwin-White, 2021). En el estudio de Kedzior et al. (2024) (véase también Bednarchik et al., 2022), algunas personas entrevistadas describieron el consentimiento como un proceso unilateral y no como una situación en la que se participa y negocia en igualdad. En el de Thiessen et al. (2021), muchos participantes proporcionaron descripciones genéricas o muy básicas que reflejaban lo señalado en las leyes, pero no reflexionaron sobre la funcionalidad e importancia de la obtención del consentimiento (véase también Gronert y Raclaw, 2019). Asimismo, en el estudio de Schobert et al. (2021) (véase también Benoit y Ronis, 2022; Marg, 2020) se indicó que el consentimiento dado en un momento particular lo era para toda la actividad sexual; no se concibió que una persona podía cambiar de opinión y retirarlo. En Chin et al. (2019), los universitarios señalaron que era incómodo detener la actividad sexual cuando el consentimiento se había dado previamente, y señalaron su carácter vinculante a pesar de que las condiciones pudieran cambiar.
Además, si bien la legislación de muchos países establece que el silencio o la falta de resistencia no deben entenderse como consentimiento, en algunos estudios se consideró que se podía consentir de este modo (Hirsch et al., 2019; Marg, 2020).
La comunicación explícita del consentimiento se complejiza cuando las capacidades están mermadas por el abuso de alcohol o drogas, pues disminuyen los sentimientos de seguridad, deseo y acuerdo. Al parecer, los jóvenes tienen claro que el consentimiento sólo es posible si existe la capacidad de consentir, y que el consumo de alcohol aumenta el riesgo de relaciones no consentidas (Baldwin-White, 2021; Knountsen et al., 2024; Marg, 2020; Setty, 2022). Sin embargo, los estudios también recogen opiniones opuestas, como la percepción de que el consumo de alcohol puede ser una señal de consentimiento (Jozkowski et al., 2018; Richards et al., 2022), o la idea de que practicar sexo bajo los efectos del alcohol ayuda a superar la vergüenza (Hirsch et al., 2019; Savoie et al., 2023).
Al mismo tiempo, se reconoce que en las fiestas el consentimiento fue más complejo que simplemente decir “Sí” o “No”. Se señala la normalización de participar en actividades sexuales con alguien que podía estar demasiado intoxicado para otorgarlo (Baldwin-White, 2021; Marg, 2020; Setty, 2022). En esta línea, en el estudio de Marcantonio y Jozkowski (2023), el 49% de los varones y el 24% de las mujeres consideraron que el consumo de alcohol fue irrelevante para la obtención del consentimiento. Además, quienes bebían más alcohol durante el fin de semana manifestaron mayor probabilidad de que consentirían la actividad sexual después del consumo. En Herbenick et al. (2019), se muestra que uno de cada cinco varones y una de cada seis mujeres indicaron que ellos/ellas o sus parejas habían bebido alcohol en su encuentro consensuado más reciente. También se consideró aceptable mantener relaciones con una pareja estable bebida porque es posible distinguir si está demasiado borracha para consentir (Marcantonio y Jozkowski, 2023). En el trabajo de Healy et al. (2023) se presentaban diversas viñetas; en una de ellas se mostraba a la protagonista femenina alcoholizada, en ese caso, se consideró que esa persona estaba informada y era capaz de consentir.
De forma complementaria, en el estudio de Williamson et al. (2023) (véase también Shumlich y Fisher, 2020), todos los participantes señalaron que era difícil otorgar consentimiento bajo la influencia del alcohol. Sin embargo, percibieron que esto dependía de cuánto se había bebido, aunque les resultaba difícil precisar el límite de ebriedad para considerar válido el consentimiento. En Recalde y Del-Castillo (2024), los estudiantes universitarios señalaron diversas situaciones según el grado de ebriedad: se consideró aceptable el consentimiento cuando una de las personas se encuentra sobria y la que da el consentimiento un poco bebida, aunque algunas mujeres advirtieron cierta desigualdad en esa dinámica. En casos de intoxicación grave de una de las partes, el consentimiento no se consideró válido. Finalmente, cuando una persona está muy borracha y la otra bastante bebida se calificó como una situación compleja de valorar. Otros estudios concluyen que puede ser aceptable tener relaciones sexuales con alguien demasiado bebido si la otra parte también lo está (Marg, 2020; Recalde y Del-Castillo, 2024; Savoie et al., 2023; Setty, 2022; Shumlich y Fisher, 2020).
Comunicación del consentimiento sexual
En los estudios revisados, se concluye que los y las jóvenes reconocen como una versión ideal el consentimiento afirmativo, compartido y verbal. Al mismo tiempo, admiten que no lo implementan en sus relaciones y reconocen la contradicción entre su experiencia y el concepto legal (Brady et al., 2018; Cary et al., 2022; Kedzior et al., 2024; Pella y McClung, 2024; Savoie et al., 2023; Schobert et al., 2021; Setty, 2022; Shumlich y Fischer, 2020; Whittington, 2019). Diversas investigaciones coinciden en que el consentimiento es un proceso complejo que, por lo general, no se otorga explícitamente en la cotidianidad sexual, sino que se configura como una serie de conductas o signos que, tomados en conjunto, pueden interpretarse como consentimiento (Bindesbøl et al., 2020; Healy et al., 2023; Hirsch et al., 2019; Marcantonio y Jozkowski, 2020; Marg, 2020; Ólafsdóttir y Kjaran, 2019; Palermo et al., 2022; Righi et al., 2021; Schobert et al., 2021; Whittington, 2019; Wignall et al., 2022).
En este sentido, respecto al consentimiento percibido, el no verbal produjo valoraciones más bajas que el verbal (Lofgreen et al., 2021). Sin embargo, en términos generales, la comunicación explícita no se utiliza debido a que es socialmente inaceptable, irrelevante, innecesaria, incómoda o porque las y los jóvenes carecen de habilidades para expresarse (Baldwin-White, 2021; Brady et al., 2022; DeSipio y Palloti, 2024; Groggel et al., 2021; Jozkowski et al., 2018; Kedzior et al., 2024; Schobert et al., 2021; Setty, 2021; Shumlich y Fischer, 2018; Shumlich y Fischer, 2020; Williamson et al., 2023). También se entiende como algo instintivo, un conocimiento tácito fundado en reglas conocidas por todos y todas (Lewis et al., 2022), de manera que si se emplea la comunicación verbal es de manera indirecta, mediante frases como “¿Quieres que vayamos a un sitio más tranquilo?” (Jozkowski et al., 2018; Shumlich y Fischer, 2018; Shumlich y Fischer, 2020; Williamson et al., 2023).
En todo caso, la forma más habitual de comunicar consentimiento y rechazo es mediante conductas no verbales (contacto visual, lenguaje corporal) (Baldwin-White, 2021; Bindesbøl et al., 2020; Brady et al., 2022; Buwono y Tyas, 2021; Groggel et al., 2021; Harrell et al., 2023; Jozkowski et al., 2018; Kedzior et al., 2024; Marcantonio et al., 2021; Marg, 2020; Ólafsdóttir y Kjaran, 2019; Righi et al., 2021; Schobert et al., 2021; Shumlich y Fisher, 2018, 2020; Wignall, et al., 2022; Williamson et al., 2023; Whittington, 2019). En algunos estudios, se subrayó que las señales no verbales ayudaban a interpretar los deseos de la pareja, pero también se reconoció que podían malinterpretarse (Baldwin-White, 2021; Buwono y Tyas, 2021; Kedzior et al., 2024; Knountsen et al., 2024; Jozkowski et al., 2018; King et al., 2020; Marcantonio et al., 2021; Ólafsdóttir y Kjaran, 2019; Williamson et al., 2023). Es particularmente relevante que el silencio se interprete como consentimiento, de manera que, si no se dice “no”, se considera que se está de acuerdo, hasta que se afirme lo contrario (Baldwin-White, 2021; Groggel et al., 2021; Righi et al., 2021; Shumlich y Fisher, 2020; Wignall et al., 2022).
Los estudios también señalan que hay un conjunto de señales simbólicas compartidas, relativas al espacio y el tiempo, que generan una comprensión implícita de que la intención de tener relaciones sexuales es recíproca. Así, en el estudio de Hirsch et al. (2019) (véase también Chin et al., 2019; Holmström et al., 2020; Jozkowski y Willis, 2020; Wignall et al., 2022), los estudiantes percibieron que el consentimiento se da en virtud de su participación en un evento o por encontrarse en un lugar y momento determinados. No es lo mismo pasar por la habitación de alguien al mediodía de un martes que enviar mensajes de texto para acudir en la madrugada de un domingo. Los estudiantes varones entrevistados por Jozkowski et al. (2018) señalaron que abandonar un espacio público en compañía para regresar al lugar de residencia era un indicador de consentimiento, mientras que las mujeres indicaron que este acto podría mostrar un interés sexual o meramente romántico. Richards et al. (2022) confirmaron que las mujeres, más que los hombres, utilizaban como señal de rechazo evitar una ubicación privada. Por su parte, Holmström et al. (2020) destacaron la importancia de ser claros para no cometer errores en la comunicación no verbal sobre las geografías espacio-temporales. Además, se reconoció la existencia de un guion para el sexo casual que resulta muy difícil de desafiar, debido al temor a las consecuencias sociales.
En cuanto al uso de la tecnología, en el estudio de Wignall et al. (2022), los participantes mencionaron que se ha incorporado en la discusión sobre el consentimiento la habilidad para enviar mensajes de texto a través de aplicaciones de dating o WhatsApp, como ejemplo de negociación (véase también Shumlich y Fisher, 2020). No obstante, reconocieron que el consentimiento online no significa que el sexo vaya a ocurrir necesariamente, pues se puede cambiar de opinión. Por su parte, las personas encuestadas en el estudio de Sternin et al. (2022) sugirieron que las plataformas en línea permiten una conversación más abierta y directa sobre la negociación del consentimiento porque permiten más sinceridad sobre lo que se quiere. Otras sugirieron que son sitios para “ligar” y que el sexo se negocia desde el primer momento. No obstante, también señalaron que, incluso en estas comunicaciones, el consentimiento suele ser implícito. Por ejemplo, una invitación para “venir a ver una película” es percibida como una invitación a tener sexo y como comunicación de consentimiento.
El guion sexual y la comunicación del consentimiento sexual
Varias investigaciones demuestran que los guiones sexuales influyen en la percepción de los jóvenes sobre el consentimiento. El guion sexual se refiere al conjunto de expectativas, normas, roles y conductas que las personas siguen durante la actividad sexual, indica quién puede iniciarla y cómo deben actuar varones y mujeres en las interacciones sexuales (roles activos/pasivos, dominantes/sumisos, etcétera). De este modo, se ha asumido que los hombres están más interesados en el sexo y, por tanto, deben tomar la iniciativa. A su vez, se entiende que las mujeres están obligadas a limitar su actividad sexual, frenar a los hombres y ser responsables de comunicar su consentimiento. De este modo, se configura un doble estándar sexual, en donde el varón pregunta por el consentimiento, se espera que la mujer lo rechace inicialmente, luego los varones ignoran el rechazo y ejercen presión (Palermo et al., 2022; Righi et al., 2021). Los mitos de la violación están íntimamente relacionados: no hay violación si no hay resistencia física, y tampoco la hay en las relaciones de pareja (Shumlich y Fisher, 2019).
Los estudios con jóvenes confirman la opinión de que el género no debería afectar la capacidad de una persona para identificar y comunicar el consentimiento. Se afirma que tanto las mujeres como los hombres son libres de elegir a sus parejas y de reconocer y afirmar su sexualidad (Holmström et al., 2020; Kedzior et al., 2024). Sin embargo, sus declaraciones, particularmente en los estudios cualitativos, confirman el doble estándar sexual: si bien se admite la responsabilidad conjunta para establecer el consentimiento, persiste la idea de que las mujeres deben controlar si se consuma el acto sexual y que los varones deben persistir al manifestar una necesidad, casi constante, de dicha actividad (Aristegui, 2020; Brady et al., 2018; DeSipio y Palloti, 2024; Healy et al., 2023; Jones et al., 2022; Jones et al., 2024; Knountsen et al., 2024; Shumlich y Fisher, 2020; Williamson et al., 2023). De forma paradigmática, en las viñetas que presentaron Groggel et al. (2021) que describían situaciones de consentimiento, los y las estudiantes esperaban que la mujer fuera quien aceptara o rechazara la propuesta, manifestaron que ella debía tener claro lo que quería y que el varón debía ser receptivo y no tener prisa, de tal manera que asignaron mayor responsabilidad a las mujeres en la negociación del consentimiento.
Prevaleció la suposición generalizada de que los hombres eran responsables de insistir, mientras que las mujeres lo eran de decir sí o no, sin parecer ni atrevidas ni mojigatas (Baldwin-White, 2021; Benoit y Ronis, 2022; Bindesbøl et al., 2020; Cense et al., 2018; Hirsch et al., 2019; Holmström et al., 2020; Jones et al., 2022; Kedzior et al., 2024; Righi et al., 2021; Knountsen et al., 2024; Lewis et al., 2022; Oware et al., 2023; Setty, 2021; Setty, 2022). En este sentido, en el estudio de Lewis et al. (2022), los varones señalaron que “no” a veces significa “sí”, y que hay que persistir hasta conseguirlo, lo cual normaliza ciertas tácticas de coerción. Además, mostraron ser capaces de interpretar las señales de rechazo, pero también de ignorarlas hasta que la mujer verbalizara su falta de consentimiento o se resistiera ferozmente, de manera que desestimaban las negativas de consentimiento que no estuvieran acompañadas de gestos bruscos o rotundos (véase también Oware et al., 2023). Los estudios de Jones et al. (2022, 2024) mostraron que algunos varones adolescentes percibieron que las mujeres ostentaban el poder de tener la última palabra sobre la posibilidad de que la actividad sexual se llevara a cabo.
De manera complementaria, las mujeres reflexionaron en varios estudios sobre su vulnerabilidad y frustración por tener que adoptar medidas de protección para reducir los riesgos que implica rechazar insinuaciones sexuales. Entre las múltiples estrategias adoptadas, mencionaron cuidar la ropa que usaban, evitar emborracharse, mantenerse alerta, no acudir a ciertos lugares en determinadas horas, o recurrir a excusas y mentiras para rechazar propuestas. Además, señalaron experiencias en las que indicaban no saber que podían retirar el consentimiento, aunque lo hubieran otorgado previamente, o que no se sentían con la confianza ni las habilidades necesarias para hacerlo, debido a la persistencia de los varones. Esto deriva en sostener relaciones sexuales por miedo a la reacción de la pareja o con el fin de complacerla (Baldwin-White, 2021; Bindesbøl et al., 2020; Brito Rodríguez et al., 2023; Cense et al., 2018; Shumlich y Fisher, 2020; Williamson et al., 2023). Es más, en el estudio de Jones et al. (2024), alumnas de secundaria construían discursos que reforzaban la pasividad y la falta de agencia femenina al posicionarse como totalmente receptivas ante los deseos sexuales de los varones.
Por todo ello, la posibilidad de decir “no” se percibió como algo complejo y difícil, incluso para quienes sostenían que esa respuesta debería ser respetada en cualquier caso. Además, refirieron diversas formas de coerción y presión, de chantaje emocional, que generaban situaciones de seudo consentimiento, como las denomina Álvarez Medina (2023); es decir, un consentimiento en nombre del deseo del otro o un consentimiento vicario (“Si no lo haces es porque no me quieres”, “El problema es que eres frígida”, entre otros) (Baldwin-White, 2021; Benoit y Ronis, 2022; Brito Rodríguez et al., 2023; Duque et al., 2024; Hirsch et al., 2019; Holmström et al., 2020; Jones et al., 2022; Righi et al., 2021; Savoie et al., 2023; Setty, 2021, 2022; Shumlich y Fisher, 2020; Vives-Cases et al., 2024). En el estudio de Duque et al. (2023), las mujeres no recordaban el consentimiento en su primera experiencia sexual y señalaron que, al comienzo de una relación, es común tener sexo para complacer a la otra parte o por presión del grupo, con independencia del deseo propio.
Asimismo, y pese a reconocer la dificultad de expresar claramente una negativa y la frustración que eso implica, las mujeres entrevistadas en Savoie et al. (2023) (véase también Vives-Cases et al., 2024) declararon que era complicado identificar como acosadores a los hombres que se comportaban como tales. En este sentido, señalaron que se debe enseñar a las mujeres que pueden decir “no” en cualquier momento durante un encuentro sexual, para superar la norma social que les impide comunicar directamente lo que quieren hacer y lo que no (Baldwin-White, 2021) (véase también Oware et al., 2023). Por ejemplo, las participantes del estudio de Schobert et al. (2021) que declararon haberse sentido coaccionadas alguna vez, emplearon lo aprendido en estas experiencias para guiar la negociación del consentimiento en ulteriores encuentros sexuales. Asimismo, Duque et al. (2024) (véase también Brito Rodríguez et al., 2023) observaron que las experiencias coercitivas que tuvieron las mujeres entrevistadas les permitieron reflexionar, en el contexto de la discusión académica, sobre la necesidad de no comprometerse en actos que no desean.
De forma complementaria, muchos de los participantes masculinos en estudios cualitativos expresaron su temor a cruzar la línea de la coerción, por lo que han tomado medidas para evitar riesgos (Brady et al., 2018; Cense et al., 2018). Algunos participantes del estudio de Williamson et al. (2023) señalaron que el riesgo provenía, principalmente, de una mala comunicación sobre el consentimiento, lo cual podría provocar acusaciones de agresión. Los varones manifestaron un temor casi generalizado a las falsas acusaciones que, en su opinión, se habían exacerbado por el movimiento #MeToo (para resultados similares, véase el estudio cuantitativo de Fansher et al., 2023). Esas falsas acusaciones eran percibidas como venganzas, malentendidos, revocación retroactiva del consentimiento u otros motivos (Cary et al., 2022; Hirsch et al., 2019; Marg, 2020; Metz et al., 2021; Setty, 2021, 2022). Las jóvenes, por el contrario, expresaron más actitudes favorables hacia ese movimiento y las campañas por la igualdad de género (Metz et al., 2021; Setty, 2021). En Cary et al. (2022), los y las estudiantes señalaron que gracias a #MeToo había una mayor conciencia sobre el consentimiento, lo que les permitió empezar a debatir este tema con sus amistades y familia.
Variables que influyen en la comunicación
del consentimiento sexual
En lo que respecta al género, los estudios no son concluyentes. En algunos casos se constata que no hay diferencias en las actitudes hacia el consentimiento afirmativo (MacDougall et al., 2022), en la manifestación de consentimiento externo o interno (Walsh et al., 2022; Willis et al., 2021), en la búsqueda de consentimiento afirmativo (Fansher et al., 2023) o en los niveles de autoeficacia para preguntar sobre el consentimiento (Javidi et al., 2024). Sin embargo, en otras investigaciones se confirma una percepción más proactiva de las mujeres (Glace y Kaufman, 2020; Graf y Johnson, 2021; Javidi et al., 2020; Ortiz, 2019; Silver y Hovick, 2018; Willis y Marcantonio, 2023), así como una mayor autoeficacia para obtenerlo (Edison et al., 2022).
En cuanto a la comunicación del consentimiento, algunas investigaciones han constatado que las mujeres están menos dispuestas que los varones a comunicar verbalmente su consentimiento (Shumlich y Fisher, 2020; Willis et al., 2019; Willis y Smith, 2022). Si bien en el estudio realizado por Richards et al. (2022) se determinó que las mujeres recurrían más que los hombres a la comunicación verbal y no verbal, en el trabajo de Shumlich y Fisher (2018) se constató que los varones emplearon más los comportamientos pasivos para no indicar rechazo, y en el de Richards et al. (2022) se concluyó que tanto mujeres como varones utilizaban el silencio o la falta de resistencia para comunicarlo. Marcantonio et al. (2018) hallaron que las mujeres respaldaron con mayor firmeza la comunicación de rechazo en comparación con los hombres, pero en un estudio posterior de Marcantonio y Jozkowski (2020) no notaron diferencias al respecto.
En relación con la interpretación de las señales de consentimiento, en el estudio de Richards et al. (2022) se observó que los varones estaban más dispuestos a entender la falta de resistencia o el silencio como indicadores de consentimiento; mientras que, en el de Willis y Marcantonio (2023) (véase también Righi et al., 2021), los hombres manifestaron interpretar una negativa como consentimiento. Marcantonio et al. (2021) observaron que las interpretaciones de rechazo de los hombres incluían más variaciones de decir no, pero fueron las mujeres las que tendieron a interpretar más señales de rechazo de su pareja. En el estudio de Willis y Marcantonio (2023), las mujeres tenían más probabilidades de percibir que varias señales no verbales pueden usarse para interpretar el consentimiento o el rechazo.
Tampoco hay resultados consistentes respecto a la edad. En Willis et al. (2021) no se observaron diferencias en la definición de consentimiento. Sin embargo, otros estudios muestran que los grupos de mayor edad lo definen de manera más precisa, de acuerdo con los principios del consentimiento afirmativo (Kedzior et al., 2024; Willis y Marcantonio, 2023). Estos grupos también mostraron una mayor probabilidad de interpretar que el consentimiento y el rechazo pueden comunicarse de manera no verbal y apoyaron con frecuencia la idea de que las personas pueden retirar su consentimiento (Willis y Marcantonio, 2023).
En otro sentido, Graf y Johnson (2021) señalaron que los adultos más jóvenes proporcionaban definiciones más acordes con las leyes y campañas de consentimiento afirmativo, y que eran menos propensos a considerar que éste podía estar implícito.
En cuanto al origen étnico, nuevamente se constatan resultados divergentes. En el estudio de Fansher et al. (2023) (véase también Willis et al., 2021), se observó que la etnia no estaba asociada con la búsqueda de consentimiento afirmativo. Sin embargo, Walsh et al. (2021) indicaron que el estatus de minoría étnica se asociaba con el consentimiento ambiguo, así como con un mayor uso de conductas no verbales para expresarlo. Por su parte, Edison et al. (2022) reportaron una menor autoeficacia para obtener el consentimiento entre personas pertenecientes a minorías, y Padilla-Walker et al. (2020) encontraron que ser afroamericano o latino se asociaba con una menor percepción de la relevancia y necesidad del consentimiento.
En Hirsch et al. (2019), los varones negros describieron prácticas meticulosas de consentimiento motivadas por el temor a ser acusados de violación, particularmente cuando mantenían relaciones con mujeres blancas. Este temor también fue constatado por Fansher et al. (2023) entre varones pertenecientes a distintas minorías étnicas.
Del mismo modo, se ha constatado que el consentimiento está más instaurado en las personas del colectivo lgtbiq+ y que presentan mayor autoeficacia para preguntar por él, quizá porque no se ajustan al guion sexual (Glace y Kaufman, 2020; Javidi et al., 2024; Jones et al., 2024; Knountsen et al., 2024; Mennicke et al., 2020; Setty, 2021; Sternin et al., 2022). Padilla-Walker et al. (2020) observaron que las personas cisgénero puntuaron más bajo en las creencias a favor de la importancia del consentimiento sexual. Finalmente, Herbenick et al. (2019) indicaron que las mujeres bisexuales y heterosexuales, así como los varones bisexuales y homosexuales, señalaron, más que los hombres heterosexuales, haberse implicado en situaciones de sexo no consentido.
Además, se ha encontrado que ciertos rasgos de personalidad, como la conducta antisocial, la baja autoestima, la depresión, la ansiedad o la desregulación emocional, se asociaron positivamente con una mayor disposición a comunicar el consentimiento de manera ambigua o pasiva, mientras que se asociaron negativamente con el consentimiento activo (Walsh et al., 2021, 2022; Zinzow y Thompson, 2019). Los estudios son consistentes al señalar que una mayor asertividad en la comunicación sexual y una alta autoestima sexual se asocian con actitudes positivas y una capacidad mayor para interpretar el consentimiento (Shafer et al., 2018) (véase también Darden et al., 2019; Padilla-Walker et al., 2020).
En lo referente al tipo de relación, estable o esporádica, se concluyó, de forma casi unánime, que el consentimiento no era necesario en casos de actividad sexual previa o cuando la relación de pareja era estable (Brady et al., 2018; Chin et al, 2019; Darden et al., 2019; Marcantonio y Jozkowski, 2020; Marcantonio, Jozkowski y Wiersma-Mosley, 2018; Marg, 2020; Righi et al., 2021; Schobert et al., 2021; Wignall et al., 2022; Williamson et al., 2023; Willis y Jozkowski, 2019). También se indicó que en relaciones estables era más difícil decir “no” (Savoie et al., 2023) o se asociaron con mayores niveles de consentimiento no explícito o no verbal (DeSipio y Palloti, 2024; Lofgreen et al., 2021). No obstante, en otras investigaciones, los participantes discutieron que, en una relación prolongada, el compromiso adquirido obliga a dialogar más sobre el consentimiento, ya sea porque uno de los miembros de la pareja no quiere tener relaciones sexuales (Shumlich y Fisher, 2020) o por la confianza mutua (DeSipio y Palloti, 2024). En otros casos, se señaló que sería más incómodo un consentimiento afirmativo en un encuentro esporádico (Shumlich y Fisher, 2020), lo cual proporciona información sobre procesos más ambiguos en relaciones esporádicas (Walsh et al. 2021). En línea con estas ideas, tanto la comunicación de pareja asertiva como la resolución positiva de los conflictos se relacionan positivamente con la autoeficacia para preguntar por el consentimiento, mientras que las dificultades en la comunicación se relacionan negativamente (Javidi et al., 2024).
En cuanto a las actitudes y estereotipos de género, las actitudes sexuales más liberales y opiniones más críticas respecto a las normas sociales de género se asociaron con actitudes y comportamientos de consentimiento más positivos y proactivos, y viceversa (Alexopoulos et al., 2024; Dunn y Orchowski, 2022; Javidi et al., 2020; MacDougall et al., 2022; Pella y McClung, 2024; Rodgers et al., 2023). Además, quienes estaban a favor de una definición afirmativa del consentimiento, así como quienes manifestaban una mayor habilidad para identificar sus elementos, a la vez que una mayor intención y percepción de control sobre su conducta para comunicarlo, declaraban utilizar con más frecuencia la comunicación afirmativa (Bednarchik et al., 2023; Ortiz, 2019). Asimismo, la masculinidad hostil de los hombres se asoció con actitudes más negativas hacia el consentimiento, un menor control conductual percibido sobre su solicitud y menores intenciones de obtenerlo (Hermann et al., 2018). De manera similar, las personas con mayor aceptación del mito de la violación tenían actitudes menos positivas hacia el consentimiento, menos intenciones de solicitarlo, menor autoeficacia para obtenerlo y mayor temor a las falsas acusaciones de violación (Dunn y Orchowski, 2022; Fansher et al., 2023; Kilimnik y Humphreys, 2018; Shafer et al., 2018; Silver y Hovick, 2018); asimismo, se asoció con una mayor percepción de consentimiento pasivo (Lofgreen et al., 2021). Finalmente, Shafer et al. (2018) descubrieron que las creencias en la resistencia simbólica femenina se asociaron con actitudes e interpretaciones negativas respecto a la comunicación del consentimiento, pero la hipermasculinidad no se asoció con esta variable.
Por último, respecto a otras cuestiones relacionadas con la actividad sexual, se ha constatado que las personas con menos experiencia sexual informaron de actitudes más positivas y menor probabilidad de que utilizaran señales no verbales en la comunicación del consentimiento (MacDougall et al., 2022). También demostraron que, cuanto más íntima es la actividad sexual (sexo vaginal o anal), es más probable que se considere necesario obtener el consentimiento verbal (Marcantonio y Jozkowski, 2020; Marg, 2020; Willis et al., 2021; Willis y Smith, 2022). Por ejemplo, la práctica del sadomasoquismo presenta los niveles más altos de consentimiento, ya que esta subcultura prioriza la comunicación abierta como parte fundamental del proceso (Willis y Smith, 2022). Bednarchik et al. (2022) encontraron que para algunos participantes el consentimiento debe requerirse en todo tipo de actos sexuales, mientras que otros consideraron que sólo se debe solicitar para el coito.
La educación sobre el consentimiento sexual
Las y los jóvenes declararon que mantener conversaciones sobre sexualidad les ayudaría a estar mejor preparados para comunicar su consentimiento (Schobert et al., 2021). Queda de manifiesto que los conocimientos adquiridos en entornos educativos formales, no formales e informales les permiten generar discursos y significados sobre cómo entienden el consentimiento y cómo lo implementan en las interacciones sexuales (Bednarchik et al., 2022). No obstante, también señalan que estas conversaciones se producen de forma ocasional o nula (Kedzior et al., 2024; MacDougall et al., 2020; Padilla-Walker et al., 2020) y manifiestan haber recibido poca educación al respecto o que sólo las chicas la recibieron (Cary et al., 2022), lo cual se relaciona con experiencias de relaciones sexuales no deseadas e incapacidad para comunicar el consentimiento (MacDougall et al., 2020). Richmond y Peterson (2020) observaron que las personas que perciberon haber recibido una buena educación sexual mostraban mayor disposición a valorar el consentimiento, pero sólo en personas con un bajo nivel educativo. A pesar de esto, no se validó la hipótesis de que la percepción de haber recibido una buena educación sexual se correlaciona con la comunicación verbal del consentimiento.
Respecto a los medios de comunicación, Shumlich y Fisher (2020) señalan que las personas aprenden sobre encuentros sexuales arquetípicos a través de programas de televisión, series y otros contenidos que presentan un enfoque opuesto a las políticas del consentimiento afirmativo. Con frecuencia, los personajes en las películas utilizan señales implícitas y no verbales que pueden ser emuladas por los jóvenes (Alexopoulos y Cingel, 2023). Además, una mayor exposición a contenidos sexualizados en los medios se asocia con una menor intención de comunicar el consentimiento de forma verbal (Smith y Ortiz, 2023).
Los participantes en el estudio de Kedzior et al. (2024) señalaron que la falta de diálogo familiar conduce a los jóvenes a recurrir a los medios de comunicación, los cuales tienden a presentar el sexo como un acto espontáneo, sin que medie el consentimiento, lo que refuerza las ideas de promiscuidad masculina y pasividad femenina.
Alexopoulos y Cingel (2023) (véase también Pulido et al., 2024; Richmond y Peterson, 2020) concluyen que la exposición a situaciones de consentimiento verbal en los programas televisivos favorece el desarrollo de actitudes positivas hacia el consentimiento. No obstante, esta relación no fue observada en un estudio previo realizado por los mismos autores (Alexopoulos y Cingel, 2022). De manera similar, Pulido et al. (2024) señalan que las escenas sexuales que emplean tácticas sutiles de coerción pueden ayudar a que las personas identifiquen si han experimentado ese tipo de situaciones.
En lo que respecta a la familia, el diálogo conjunto sobre temas relacionados con la sexualidad (MacDougall et al., 2022), el afecto maternal (Padilla-Walker et al., 2020) y la percepción de apoyo familiar (Walsh et al., 2021) se asociaron con actitudes más positivas hacia el consentimiento, un uso más consistente del consentimiento explícito y una reducción del consentimiento ambiguo. También se observó mayor diálogo cuando las creencias de los progenitores sobre la importancia del consentimiento eran positivas (Padilla-Walker et al., 2020). Asimismo, se constata que las jóvenes eran más propensas a discutir estos temas con sus familias (Richards et al., 2022). Además, se concluyó que la información dada a unos y otras era muy exigua, si bien las jóvenes reportaron haber aprendido mucho más de sus madres que de sus padres (MacDougall et al., 2020). De forma complementaria, las dificultades comunicativas sobre sexualidad entre padres y adolescentes se asociaron con la presencia de coerción sexual (Katz et al., 2019). En general, se describe una concepción positiva cuando los jóvenes comentan tener conversaciones con sus progenitores que los animan a comunicar sus sentimientos respecto al consentimiento. Asimismo, reconocieron los temores de sus familias ante la posibilidad de que se involucren en experiencias sexuales forzadas, por lo que los alientan a ser asertivos y responsables de protegerse, especialmente en el caso de las mujeres (Thiessen et al., 2021).
En relación con las instituciones escolares, MacDougall et al. (2022) (véase también Graf y Johnson, 2021) no encontraron evidencia de que la educación sobre salud sexual en general o sobre el consentimiento en particular se asocie con actitudes más favorables hacia el consentimiento; sin embargo, los estudiantes opinaron positivamente sobre la implementación de programas para favorecer su divulgación (MacDougall, 2020). Por el contrario, Richmond y Peterson (2020) constataron que la información recibida en la escuela sobre salud sexual y consentimiento se relacionó con actitudes más positivas. En este sentido, Caulfield et al. (2024) concluyeron que quienes habían recibido una educación sexual integral en secundaria tenían más del doble de probabilidades de haber aprendido sobre consentimiento que quienes no la habían recibido. En todo caso, los universitarios entrevistados en Cary et al. (2022) señalaron que la educación sexual recibida en la escuela partía de una perspectiva médica que no incluía el consentimiento. También se reconoció que no habían recibido formación específica sino hasta la universidad; no obstante, las mujeres admitieron que dicha formación no las había ayudado a decir “no” en situaciones incómodas (Cary et al., 2022). A pesar de esto, subrayaron que su asistencia a programas sobre violencia interpersonal y asalto sexual se relacionó positivamente con la búsqueda de consentimiento afirmativo (Fansher et al., 2023) y que la formación recibida en la universidad les ayudó a dialogar sobre sexo y consentimiento (DeSipio y Palloti, 2024).
Finalmente, quienes tenían amigos y amigas con opiniones principalmente a favor del consentimiento tendían a tener menos actitudes negativas y a reportar relaciones sexuales más positivas (MacDougall et al., 2022). De manera similar, Richmond y Peterson (2020) indicaron que quienes adquirían información sexual de sus pares mostraban actitudes más positivas hacia el consentimiento afirmativo y explícito, de tal manera que la percepción de la educación recibida en la escuela y de los pares obtuvo las correlaciones más significativas respecto a las intenciones hacia el consentimiento.
La revisión sistemática realizada permite concluir la necesidad de diseñar programas de educación sexual enfocadas en el consentimiento. Las intervenciones educativas deben dotar a los y las jóvenes de estrategias para construir una comunicación del consentimiento asertiva, afirmativa, recíproca y continua (Bednarchik et al., 2023; Javidi et al., 2024; Ortiz, 2019; Oware et al., 2023; Righi et al., 2021). Además, en vista de los resultados obtenidos, las medidas anteriores deben acompañarse de diálogo y reflexión sobre las normas sociales de género que definen las conductas de varones y mujeres en el ejercicio de su sexualidad (Baldwin-White, 2021; Benoit y Ronis, 2022; DeSipio y Palloti, 2024; Javidi et al., 2024; Jones et al., 2022; Jones et al., 2024; Jozkowski y Willis, 2020; Oware et al., 2023; Setty, 2022), a partir de una perspectiva crítica e interseccional (Glace y Kaufman, 2020; Hirsch et al., 2019; Pella y McClung, 2024). Dotar a las y los jóvenes de estrategias para una comunicación afirmativa del consentimiento es insuficiente si no se les anima a reflexionar sobre cómo influye el papel diferenciado que la sociedad les otorga en las relaciones sexuales.
Para Healy et al. (2023) (véase también Brady et al., 2018; Setty, 2021, 2022; Whittington, 2019), presentar el consentimiento de forma dicotómica (ilícito/legal, consensuado/coercitivo, deseado/no deseado) construye una versión “ideal” que no se corresponde con sus experiencias de vida. Por todo esto, es importante abordar el tema desde su cotidianidad, sin desdeñar sus prácticas sexuales, pero, al mismo tiempo, ayudarles a deconstruir los mandatos de género y dotarles de estrategias para la comunicación de un consentimiento afirmativo. Como señala Bragg et al. (2021), debemos situarnos en un enfoque cercano a la experiencia, a partir de ejemplos de la vida de los y las adolescentes en lugar de escenarios inverosímiles.
A modo de estrategia, Setty (2022) considera que, en lugar de definir diferentes contextos sexuales como más o menos legítimos, el énfasis podría estar en identificar cómo opera la negociación sexual en cada contexto, así como desarrollar y practicar junto con los y las jóvenes, sin imposición, las habilidades necesarias para la creación de espacios de libre elección. Finalmente, en estrecha conexión con las ideas formuladas, es importante un enfoque que no se centre en el riesgo (de sufrir agresión, de ser acusado falsamente, de no comunicar adecuadamente el consentimiento), sino en una percepción positiva de la sexualidad, la cual permitirá una discusión más fructífera sobre las prácticas de comunicación del consentimiento (Richards et al., 2022). En este sentido, Benoit y Ronis (2022) (véase también Setty, 2021) hablan de la necesidad de reconocer el placer sexual como un derecho que permita a los y las jóvenes participar en una comunicación sexual que sea la base de experiencias sexuales saludables y placenteras.
Conclusiones
La revisión sistemática realizada de la literatura científica presenta un análisis crítico y exhaustivo de la percepción de los y las jóvenes sobre el consentimiento sexual. A partir de ésta, se concluye que, a pesar de los avances en materia de derechos sexuales y reproductivos, muchos jóvenes siguen manifestando confusión y desconocimiento en la forma en la que se entiende y expresa el consentimiento en las relaciones sexuales. Además, existen claras evidencias de que el doble estándar sexual afecta la manera en la que los y las jóvenes comprenden y otorgan consentimiento.
Para transformar esta realidad, es urgente promover una educación sexual completa, accesible y libre de tabúes, que permita a los y las jóvenes tomar decisiones informadas y respetuosas en sus relaciones. Debemos ayudarles a deconstruir los mensajes binarios que reciben, desde una mirada amplia que reconozca su realidad vivida y sentida, y que al mismo tiempo confronte y se oponga a las narrativas que reproducen las desigualdades. De este modo, como señala Setty (2022), se puede avanzar en el proceso de “alfabetización socioemocional”, necesario para actuar como personas sexuadas conscientes de los derechos propios y de los demás, así como capaces de actuar de forma libre e informada en las interacciones sexuales.
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Recibido: 29 de noviembre de 2024
Aceptado: 12 de agosto de 2025







