Universidad Nacional Autónoma de México • Instituto de Investigaciones Sociales

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Marina Ariza (coord.) (2024). Emociones y afectividad. Itinerarios metodológicos. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Sociales, 485 pp.

 

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Reseñado por:

Laura Velasco Ortiz
Departamento de Estudios Culturales
El Colegio de la Frontera Norte

 

El libro Emociones y afectividad. Itinerarios metodológicos, coordinado por Marina Ariza, es el tercero de una colección de volúmenes sobre las emociones y la afectividad como campo de reflexión teórica e investigación sociológica e interdisiciplinaria. El volumen tiene como objetivo reflexionar sobre las consecuencias metodológicas de la lente analítica de las emociones. Se compone de quince capítulos con perspectivas disciplinarias y metodológicas diversas, incluyendo la etnografía, el relato biográfico, el análisis del discurso, la encuesta y los métodos interdisciplinarios del encuentro entre la sociología y neurociencia social, así como reflexiones éticas inscritas en la invetigación con y sobre emociones y afectividad.

A mediados del siglo XX, las metodologías de investigación en las ciencias sociales tuvieron grandes cambios, como resultado del replanteamiento de la relación de conocimiento, que cuestionó los supuestos sobre la neutralidad científica y la naturaleza del objeto de estudio. Estas transformaciones se acompañaron de nuevas teorizaciones y prácticas de investigación, a la luz de las transformaciones globales en el mundo social en el siglo XX y su virtualización en el siglo XXI. El libro ofrece una reflexión sistemática de la diversidad de enfoques metodológicos utilizados en el estudio de las emociones y las afectividades, estructurada en torno a dos ejes de transformación: la dimensión emocional y afectiva de los fenómenos sociales y el replanteamiento de su papel en la relación de conocimiento. Como señala Marina Ariza en la introducción, las estrategias de la investigación generalmente van detrás de las teorizaciones del mundo social, innovando en la práctica y con dificultades para reflexionar sobre los logros y los retos metodológicos. En este sentido, el libro representa una valiosa contribución al sistematizar las estrategias y las técnicas utilizadas en el estudio de las emociones y las afectividades desde enfoques metodológicos diversos, procedentes no sólo de las ciencias sociales, como la sociología, la antropología, la psicología y la lingüística, sino de las neurociencias. El alcance de esta obra refleja el valor de una solvente reflexión colectiva, basada en el continuo diálogo y la crítica sobre las diferentes aristas de la construcción de un campo que se nutre constantemente de la teoría global sobre las emociones y la investigación que se realiza a nivel local o regional en diferentes latitudes, pero sobre todo en América Latina. Detrás de este colectivo está Marina Ariza, quien desde 2009 ha creado e impulsado el Seminario Institucional Sociología de las Emociones (SISE) en el seno del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

A lo largo de los capítulos se encontrarán aportes asociados a los diferentes métodos y prácticas de investigación, con una gran riqueza de conceptos novedosos que van más allá de la empatía y la confianza en la relación de investigación cualitativa. En esta reseña concentro la atención en dos líneas de reflexión que recorren el libro y en las cuales se encuentran algunos de sus aportes más relevantes. Me refiero a dos grandes temas de orden epistemológico y metodológico que involucran la pluridisciplina y la praxis metodológica.

Primero, el libro plantea el reto acerca de cómo estudiar las emociones, con qué herramientas metodológicas. Es decir, con qué métodos y técnicas se construye lo que Marina Ariza llama el dato emocional. Y, segundo, el papel de las emociones como medio de relación de conocimiento a través de la herramienta epistemológica que distintos autores refieren como reflexividad emocional.

En cuanto al primer aspecto, sobre la construcción del dato emocional, planteo la distinción, explicíta o implicita, hecha por la gran mayoría de los autores del libro respecto a las metodologías multimodales (Serna y Estrada, Ramos, Ospina-Escobar, Fernández de la Reguera, Flores y López, Pélaez, Gutiérrez y Reyna, Romeu), con innovaciones de frontera interdisciplinaria (García Andrade, Mercadillo Caballero), versus lo que llamo el enfoque unimodal (Ariza, Mancini y Videgain) para dar cuenta de la diferencia en la diversidad del registro empírico de las emociones como unidad de análisis. Si bien es cierto que hay cierto consenso a lo largo del libro sobre el carácter relacional e interactivo de las emociones, los enfoques se distancian en la visión de los indicios o las expresiones empíricas de las emociones y afectividad. Por ejemplo, el registro empírico es diverso entre los multimodalistas respecto a los unimodalistas, por decirlo de alguna forma esquemática. El multimodalismo metodológico asume lo limitado del lenguaje verbal para el registro empírico de las emociones e incursiona en el reto de captar las expresiones gestuales, corporales y sonoras de las emociones (Ramos y su etnografía socio-digital), por lo que los medios técnicos de registro no son sólo la grabación de la entrevista, sino el registro de la imagen del movimiento corporal, la gestualidad y su sonoridad, con el involucramiento experiencial de quien investiga (Peláez y el registro fotográfico de la pesca). Así, domina una visión performática de las emociones en escenarios o situaciones emocionales donde el investigador o la investigadora son un actor más en la construcción del dato emocional, o por lo menos coproductores del dato en el caso de los relatos y narrativas. Por su parte, los acercamientos unimodales en el libro se asocian a la perspectiva cuantitativa, donde se privilegia el registro verbal de las emociones con su medición y objetivación en datos cuantitativos (Ariza, Mancini y Videgain). El multimodalismo domina en los acercamientos cualitativos bajo un principio de flexibilidad empírica y analítica, mientras que el acercamiento unimodalista de las encuestas reivindica una lógica deductiva que parte de una tesis teórica y un procedimiento técnico-analítico preestablecido, lo que no evita la creatividad analítica frente a la interpretación continua sobre el comportamiento de los datos.

Estas dos formas de acercarse al estudio de las emociones recuerdan la distinción de Hay y Cope en Qualitative Research in Human Geography (2021) sobre las metáforas que acompañan las prácticas metodológicas en las ciencias sociales: las rizomáticas versus las arboreas. Las primeras tratan de dar cuenta de las múltiples conexiones del fenómeno en distintas escalas y la emergencia de conexiones que transforman al mismo fenómeno emocional. El trabajo de Ospina-Escobar con mujeres usuarias de drogas es un buen ejemplo de esta multirramificación y escalamiento emocional. En tanto, la metáfora arborea responde a una linealidad metodológica que conecta, siguiendo la imagen metafórica, las raíces con los procesos químico-biológicos que avanzan hacia el tronco y el ramaje y regresan a las raíces, sin dejar de interactuar con el medio ambiente. La transparencia y nitidez metodológica de los capítulos de Ariza y de Manicini y Videgain parecen apegarse a esta metáfora arbórea, aunque del análisis de casos extremos o de componentes principales parecen desprenderse conexiones rizomáticas. Es decir, esta dicotomía metafórica parece funcionar como un continuo con gradualidades y en momentos distintos del quehacer de investigación.

La segunda contribución del libro se ubica en la forma en que las emociones juegan en la relación de conocimiento. Una tesis que nutre las distintas colaboraciones es que las emociones del o la investigadora no constituyen fuentes de distorsión, sino un medio de encuentro, de conexión empática, que requiere de reflexividad emocional con las implicaciones éticas que esto implica. El acuñamiento del concepto de reflexividad emocional y su tratamiento a través de las distintas metodologías es un aporte notable de este libro que impactará en la labor de investigación no sólo en el campo del estudio de las emociones, sino en cualquier campo de estudio.

Algunos aportes específicos en esta conceptualización son: primero, poner al descubierto las dificultades de la empatía con personas con quienes existe antagonismo ético o moral (Jacobo Herrera, Fernández de la Reguera). Segundo, proponer conceptos desde el diálogo interdisciplinario con las neurociencias, como la sincronización interpersonal y de las emociones (García Andrade), y la praxis empática (Mercadillo Caballero), o de la psicoterapia, como la contratransferencia en la gestión emocional tanto del investigador como de la persona con quien se investiga. Asimismo, aporta a la discusión sobre la asimetría en la relación de conocimiento con la propueta de una horizontalidad afectiva y emocional, no sólo como resultado de un contagio emocional sino de la voluntad política (Flores y López, Ospina-Escobar).

La reflexividad emocional permite encontrar los límites de la empatía. Tal como lo expone De la Peña, el investigador puede ser arrastrado por la efervescencia emocional, y propone la necesaria distancia emocional en cierto punto de la investigación, lo cual abre un tema que merece atención metodológica.

En síntesis, la reflexividad emocional implica una serie de mecanismos que funcionan en los distintos momentos de la investigación de campo, como la sincronización emocional, la negociación, la conciencia de la contratransferencia para gestar una horizontalidad afectiva y el proceso de gestión emocional con el establecimiento de límites a través de la distancia emocional. La reflexividad incluye una ética de cuidados emocionales en la investigación que no sólo atañe a la persona sujeta de estudio, sino también a quien estudia (Asakura y Fragoso, De la Peña Rodríguez). La reflexividad emocional es tratada de otra forma en las aproximaciones metodológicas cuantitativas, cuyas estrategias de acercamiento empírico ofrecen cierta inmunidad, dada por la escasa interacción de las investigadoras con las personas encuestadas; sin embargo, el análisis de los datos guiados por la teoría no carece del proceso de empatía presente en el problema de estudio, ya sea sobre los efectos desiguales del poder y el estatus del género en las dinámicas emocionales de los hogares (Ariza) o la desigualdad y estratificación emocional de la sociedad mexicana (Mancini y Videgain).

Hay un tema crucial en la metodología de las ciencias sociales que merece una reflexión más detenida en el futuro. Por un lado, el problema de la adecuación entre la interpretación y los marcos conceptuales y la expresión empírica del fenómeno. Y, por otro, la contextualización debida de los resultados para dar cuenta de la posible transferibilidad de los hallazgos a otros contextos; una generalización procesual, siguiendo a Max Weber. Estos dos aspectos se han discutido en torno a los conceptos de validez y confiabilidad en las metodologías cuantitativas y algunas aproximaciones cualitativas. En el libro, el tema es una preocupación explícita en las contribuciones cuantitativas, a diferencia de las colaboraciones de orden etnográfico, biográfico, narrativo o discursivo, que dan por sentado o salvado el asunto, no obstante que los capítulos cualitativos y transdiciplinarios exponen detenidamente y con transparencia el procedimiento de construcción y análisis de los datos. A pesar del relativo consenso en el sentido de que las metodologías cualitativas no pueden responder de la misma forma a estos dos imperativos de validez y confiabilidad —que refieren a la relación entre conceptos e indicadores empíricos y a la inferencia del comportamiento en una muestra a un universo dado—, lo cierto es que la preocupación por la rigurosidad en la investigación cualitativa sigue vigente en las ciencias sociales.

Las posturas acerca de cómo lograr tal rigurosidad y transparencia, dada por la adecuación del comportamiento empírico del fenómeno con las interpretaciones, es diversa, pero no deja de ser un tema de delimitación científica. Por ejemplo, Hay y Cope (2021), en su libro antes citado, proponen, entre otros elementos, la triangulación metodológica, la propiedad de transferibilidad de los resultados en contextos distintos, la adecuación abstracta de orden teórico-empírico y la transparencia del proceso de investigación cualitativa para lograr rigurosidad científica. Por su parte, Linda Tuhiwai Smith, en Decolonizing Methodologies. Research and Indigenous Peoples (2012), considera que esta rigurosidad se asocia a la capacidad posicionada del investigador para captar la realidad y los intereses de las comunidades de estudio, y esto implica la capacidad para interpretar en los mismos términos culturales que las comunidades entienden su realidad, lo que ocurre a través de un proceso de decolonización ontológica, teórica y metodológica, con conceptos que se construyen desde la visión idiosincrática de tales pueblos y sus intereses. Visiones distintas con parámetros distintos, pero la preocupación por generar criterios explícitos de rigurosidad científica que se traduzcan en procedimientos metodológicos a través de los cuales demos cuenta de la realidad no están fuera del radar de posturas ontológicas y epistemológicas que se distancian en su visión de lo que es la metodología científica.

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