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Nicolás Dip (coord.) (2024). La nueva izquierda en debate. Miradas desde la historia reciente de América Latina. Rosario, Argentina: Protohistoria Ediciones, 176 pp.

 

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Reseñado por:

Rafael Archondo
Posdoctorante en el Instituto de Investigaciones Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México

 

El libro La nueva izquierda en debate, coordinado por Nicolás Dip y edificado por ocho laboriosos investigadores de cinco nacionalidades latinoamericanas, es un meritorio esfuerzo simultáneo de indagación empírica y profundización teórica. En esta publicación se congregan historias diversas afincadas en América Latina con las que los autores retratan el temperamento de una época fragorosa que recordamos con el rótulo de guerra fría.

 
El contenido

La división del trabajo reza así.

El uruguayo Aldo Marchesi abre la serie con las semblanzas de tres pensadores cuyo aliento intelectual precedió de un modo pionero el surgimiento de la llamada “nueva izquierda” en Chile, Uruguay y Argentina. Luego, su compatriota Vania Markarian sigue los pasos de un grupo selecto de publicistas que desde Montevideo perseveraron en la construcción de una izquierda latinoamericana no comunista en pleno auge de la Revolución cubana. A su vez, el historiador estadounidense Eric Zolov traza un mapa del recorrido en ideas y definiciones de una “nueva izquierda” que asume la difícil tarea de distanciarse del dogmatismo soviético, al tiempo que abraza las causas del llamado tercer mundo. Zolov aterriza su búsqueda en México, país en el que se combatió con las armas, pero también con las guitarras eléctricas. En su turno, la mexicana Elisa Servín rastrea la influencia que tuvieron en su país las ideas de Charles Wright Mills, sociólogo estadounidense, a cuyo nombre está asociado precisamente el emblema de “nueva izquierda”, a raíz de su célebre carta (1960) en la que intentaba popularizar esta corriente ecléctica de pensamiento. El seguimiento de Servín alcanza a los escritores y políticos mexicanos que partiendo de las ideas de Mills fueron buscando referentes propios con el patrocinio del general Lázaro Cárdenas, pero también de Luis Echeverría. Fernando Herrera Calderón, mexicano de la Universidad de Iowa del Norte, aporta en el libro con una búsqueda vigorosa de las huellas juveniles en este periodo histórico. Gracias a él sabemos que ellos y ellas, casi todos estudiantes, persiguieron protagonismo a contramano de quienes sólo se lo asignaban a obreros o campesinos. Mediante un salto motivador hasta su Colombia natal, Sandra Jaramillo nos presenta la trayectoria intelectual de quienes, como Nicolás Buenaventura, Estanislao Zuleta o Delimiro Moreno, intentaron sin mucho éxito expandir los brazos y piernas de una izquierda que no debía embarcarse ni en el populismo de Gaitán ni en el imperativo sectario de la violencia que llevaba al monte. Desde El Colegio de México, el historiador cubano Rafael Rojas expone en el libro con maestría didáctica las ideas que circularon por las páginas de la revista británica New Left Review, que desde 1960, y bajo la dirección del jamaiquino Stuart Hall, procuró fundar un espacio persuasivo capaz de relanzar las ideas del socialismo y la revolución sin caer en los abismos totalitarios en boga. Rojas nos muestra aquel nuevo reportorio que intentó vanamente entusiasmarse con la Revolución cubana o la vía chilena timoneada por Salvador Allende hasta 1973. Ya para cerrar el documento acá reseñado, Vera Carnovale nos estremece con el número 300, la cifra de personas ejecutadas por los grupos armados de izquierda en la Argentina entre 1970 y 1979. El valiente alegato de Carnovale nos invita a retroceder hasta 1962 y 1963, años en los que vieron la luz la “Segunda declaración de La Habana” y el libro Los condenados de la tierra, de Fidel Castro y Frantz Fanon, respectivamente. Los dos autores caribeños (Cuba y Martinica) habrían sentado las bases mentales de despegue para que los insurgentes o guerrilleros radicalizaran su humanismo, lo remitieran al género humano o a la especie en abstracto, y pudieran, de esa manera, encontrar el coraje para matar a quienes consideraban objeto urgente de venganza. Esta “articulación paradójica”, en palabras de la autora, entre humanismo y revolución, o entre humanismo y pena de muerte, se encuentra entre los dilemas más truculentos de la llamada “nueva izquierda” dentro y fuera de la Argentina.

 
El concepto

El primer mérito de La nueva izquierda en debate (2024) consiste en administrar los ocho relatos descritos y hacerlos gravitar en torno al concepto madre. Los giros, ordenados de ese modo concéntrico, entregan durante la lectura la llave para completar la ruta sin sobresaltos. De Marchesi a Carnovale, el trayecto resulta, además de placentero, esclarecedor.

¿Qué es entonces la “nueva izquierda”? Llegó el momento de apelar a nuestros autores para demostrar su alineamiento armónico, que hasta aquí fue la garantía de una comprensión cabal. Nicolás Dip da el puntapié inicial. El coordinador de la obra habla de un “amplio espectro contestatario”. Citando a Van Gosse (también lo hace Zolov), Dip alude a “un movimiento de movimientos”. Otra definición preliminar sería “campo de interacciones múltiples”.

¿Qué es lo que hay dentro en este ámbito?, y sobre todo ¿qué lo distingue de la izquierda clásica o tradicional? Zolov y Rojas son, en esto, especialmente certeros. Para el primero, la “nueva izquierda” empieza rompiendo lanzas con la dirigencia soviética, de la cual toma distancia. El punto de quiebre inicial fue el aplastamiento cruento de la revolución húngara a finales de 1956 por órdenes dictadas desde Moscú. Una vez que los tortuosos métodos del estalinismo salieron a la luz, un segmento importante de la izquierda occidental decidió darle la espalda. Estamos ante una ruptura esencial.

Zolov da dos pasos más. Controvertido o cuestionado ya el liderazgo soviético, la llamada “nueva izquierda” deriva en dos importantes conclusiones. La primera: las siguientes revoluciones en el mundo bien podrían ser encabezadas, como acababa de ocurrir en Hungría, por los estudiantes. El proletariado perdía así su prerrogativa forzosa. A este debate se le conoció como “el problema de la agencia” (Zolov). De este modo, la “nueva izquierda” abrió su mente y encontró agentes revolucionarios más allá de fábricas, minas o ferrocarriles.

La segunda conclusión derivada del shock inducido por el rodar de los tanques en Budapest fue que las revoluciones venideras bien podrían emerger de la arrolladora presencia del tercer mundo y quizás del campo, de los barrios marginales e incluso de las aulas universitarias. Cuando el mundo miró con asombro el ingreso de decenas de barbudos a La Habana, la “nueva izquierda” sintió que había intuido bien los acontecimientos.

Es el turno de Rafael Rojas. Su definición de “nueva izquierda” calza muy bien con la de Zolov. Él nos explica que la corriente nace del vientre del marxismo occidental, de Londres y su laborismo, de una nueva estrategia, que, tras el desencanto soviético, decide buscar horizontes impensados para relanzar las ideas de “socialismo y revolución”. El remozamiento no es puramente cosmético. Rojas nos habla de un nuevo repertorio ideológico y simbólico. La “nueva izquierda” se habría propuesto superar en simultáneo al liberalismo y al conservadurismo, pero también a la ideología oficial soviética. ¿Puede haber algo más desafiante que aquello? Ya Dip nos lo había advertido. Se trataba de interpelar, de desafiar los órdenes de norte a sur y de este a oeste. Ahora sí, la ruptura se hace múltiple y difícil de administrar, como veremos de inmediato.

 
La práctica

Ahora que sabemos que la “nueva izquierda” es un planteamiento que a partir de 1956 intenta relanzar en el mundo las ideas del socialismo y la revolución, liberándolas de su carga totalitaria o soviética, resulta fácil sumergirnos en las historias que gravitan en torno al concepto. Todas aspiran a absolver una duda no declarada: ¿Cuán influyente fue la “nueva izquierda” y cuáles fueron sus realizaciones?

He ahí el segundo mérito del libro: permitirnos un aterrizaje en las distintas realidades. Marchesi, Markarian, Servín, Jaramillo, Rojas y sobre todo Carnovale nos ayudan a precisar cuál habría sido el mayor reto de la “nueva izquierda”, especialmente en América Latina.

Su mayor tribulación o predicamento fue encontrar un lugar que la distanciara, al mismo tiempo, del estalinismo y de la socialdemocracia europea, pero también de las corrientes nacionalistas o nacional populares, como el peronismo en Argentina o el aprismo en Perú. Ni bien la “nueva izquierda” se desplazaba al centro para repudiar la mano de hierro del camarada Stalin, de inmediato debía aclarar que ese desplazamiento no la acercaba al occidente capitalista o imperialista. A su vez, la vecindad con los trotskistas, los críticos más certeros de la burocracia del Kremlin, no debía significar que la “nueva izquierda” podía comulgar con la idea ortodoxa de que la revolución sólo podría ser proletaria y, por lo tanto, emanar de la “huelga general” y la toma física de las industrias.

Los intentos “novoizquierdistas” para interpretar favorablemente los procesos cubano y chileno transcurrieron por los mismos vericuetos. Rojas, tan cercano al primer tema, es testigo de los esfuerzos de los redactores de New Left Review por aseverar que Cuba caminaba con pies propios y que no era un satélite de Moscú. Cómo les hubiera agradado a Stuart Hall y sus prestigiosos colaboradores que la isla caribeña hubiera fundado un modelo propio y que Fidel Castro hubiera optado por ser un Tito o un Mao y no un mero reflejo del Partido Comunista de la Unión Soviética. Acá detectamos, pues, un asunto vital: la “nueva izquierda” siempre estuvo necesitada de una zona geográfica y social que confirmara sus premisas y recomendaciones, un ancla que le permitiera presumir sus hipótesis.

Por los dilemas descritos, los personajes de la “nueva izquierda” son, en concreto, golondrinas que no hicieron verano.

Por ejemplo, los perfiles aportados por Aldo Marchesi, Oscar Waiss, Vivian Trías y Francisco René Santucho escarbaron en los arsenales de ideas del nacionalismo y guardaron la esperanza, nunca colmada, de forjar un socialismo con tintes autóctonos. No les fue bien por una razón que vale para la mayoría de los rostros dibujados en el libro: la guerra fría impuso a las historias locales el férreo dictado de las potencias en disputa nuclear. Esto hizo que los sentidos dominantes de la época no toleraran ningún ensayo de orden subsidiario que sacara del juego a los más poderosos y permitiera que se formaran enclaves regionales capaces de resistir las presiones internacionales.

De este modo, los actores que provenían de otras tradiciones ideológicas, como el propio Fidel Castro, tuvieron que ceder ante las circunstancias. Fue el modo en que la “vieja izquierda” pudo reinstalarse no sólo en La Habana, sino proseguir su larga marcha hasta disciplinar y someter a una democracia de larga tradición como la venezolana o a una sociedad díscola como la nicaragüense.

La nueva izquierda en debate es por esto un libro que sin decir una palabra al respecto no tarda mucho en situarnos en el presente. En los intentos fallidos y en tantas agónicas proezas, podemos ir reconstruyendo los senderos de grupos e individuos que porfiaron en creer que un socialismo con democracia, derechos humanos y pluralismo podía exceder los linderos de la promesa y el anhelo. La “nueva izquierda” pareció buscar en vano la cuadratura del círculo y hasta ahora la receta ha quedado sin patentarse. Esta desoladora conclusión nos conmina a seguir inquiriendo, auscultando y explorando, porque aun ahora, situados ya en otro siglo, no quedan motivos para la resignación.

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