Orlando Fals Borda. The Violence in Colombia: a pioneering essay on the sociology of knowledge
Juan Mario Díaz-Arévalo
PhD en Historia de la Universidad de Roehampton, Londres. Es Honorary Fellow de la Universidad de Sheffield del Reino Unido. Líneas de investigación: combina el estudio de la historia de la investigación acción participativa (IAP), de la cual emergen sus trabajos sobre la historia intelectual de Fals Borda y otros pioneros de la iap, con la práctica de la iap para la investigación de temas de desarrollo comunitario, economía popular y justicia social y epistémica. Su más reciente trabajo (2025) es el libro Orlando Fals Borda: los años formativos, 1942-1960, publicado por la Universidad Nacional de Colombia con motivo del centenario del nacimiento de Fals Borda en 1925. orcid: https://orcid.org/0000-0001-9475-0977. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..
Resumen: Con una primera edición de mil ejemplares, La Violencia en Colombia (1962) fue recibido como la publicación científica social más trascendental de Colombia en lo corrido del siglo XX. No obstante, los furiosos ataques contra el libro y sus autores lograron silenciar lo que prometía ser la obra de cabecera de la sociedad colombiana tras su hora más oscura. El juicio político al que fue sometido el libro, así como su recepción, proporcionaron al sociólogo Orlando Fals Borda, cogestor y coautor del libro, la materia prima para un ensayo pionero de sociología del conocimiento en América Latina. Basándose en el análisis de la correspondencia y los textos inéditos de Fals Borda, así como en la reconstrucción de la artesanía de la escritura del ensayo crítico con el que introduce el segundo tomo (1963), el artículo examina la función social y la función científica de La Violencia en Colombia. Así, el análisis de las controversias y debates que suscitó esta obra en la sociedad colombiana ofrece una mirada histórica sobre los obstáculos para la memoria colectiva y el esclarecimiento histórico del conflicto en el país.
Palabras clave: Orlando Fals Borda, La Violencia en Colombia, sociología del conocimiento, Frente Nacional, memoria histórica.
Abstract: With an initial print run of 1 000 copies, La Violencia en Colombia (1962) was hailed as the most significant publication of the 20th century in Colombia. However, furious attacks on the book and its authors succeeded in silencing what promised to be the essential book of Colombian society after its darkest hour. The political judgement to which the book was subjected, as well as its reception, provided sociologist Orlando Fals Borda, co-editor and co-author of the book, with the raw material for a pioneering essay on the sociology of knowledge in Latin America. Based on an analysis of Fals Borda’s correspondence and unpublished texts, as well as a reconstruction of the process of writing the critical essay with which he introduces the second volume (1963), the article examines the social and scientific function of La Violencia en Colombia. Thus, the analysis of the controversies and debates that the book sparked in Colombian society offers a historical perspective on the obstacles to collective memory and understanding of the country’s conflict.
Keywords: Orlando Fals Borda, La Violencia en Colombia, sociology of knowledge, Frente Nacional, historical memory.
Sin precedentes en la historia intelectual de América Latina, La Violencia en Colombia (1962 y 1963) de German Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña, representó un brusco viraje en el desarrollo de la naciente sociología empírica en la región. Construido sobre una base empírica sólida y concebido para cumplir una doble función, académica y social, la publicación del libro dio lugar al mayor debate público que una obra de su tipo hubiera generado en Colombia durante el siglo XX.
El libro examina el periodo de cruenta violencia política, intensificada especialmente después del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y que se extiende hasta 1957, al que se conoce simple (y eufemísticamente) como la Violencia. La escritura de esta obra se produce al final del primer periodo del Frente Nacional y el acuerdo político entre los dos partidos tradicionales (Liberal y Conservador) que, según sus arquitectos, buscaba poner fin a la violencia política y restaurar el orden democrático. El acuerdo es recordado por dos de sus propuestas medulares: la alternancia del poder presidencial entre los liberales y conservadores cada cuatro años y la repartición paritaria de los escaños del Congreso y los puestos en la administración pública, para lo cual se requería poner fin a la dictadura que el general Rojas Pinilla había instaurado en 1953.1 Tras un paro cívico nacional, Rojas Pinilla abandonó pacíficamente la presidencia y, un año más tarde, daba inicio el primero de los cuatro periodos pactados por el Frente Nacional, 1958-1974.
Sobre el origen de La Violencia en Colombia (en adelante LVC),2 Fals Borda recuerda que la idea del libro surgió una vez que él y el presbítero Camilo Torres, profesor entonces de la Facultad de Sociología, se enteraron de la existencia de un archivo documental sobre la Violencia creado a título personal por monseñor Guzmán Campos, quien fue secretario de la Comisión Oficial de Estudio de las Causas de la Violencia, creada por el presidente Alberto Lleras, 1958-1962. Dado el carácter reservado de la comisión, ésta no publicó sus hallazgos, sino que se limitó a presentar reportes privados al presidente (Jaramillo, 2020).
“Camilo me convenció de que fuéramos a visitar a Monseñor Guzmán Campos, que era entonces párroco del Líbano, Tolima”, recuerda Fals Borda sobre su expedición al Líbano a convencer al prelado de que fuera a la Facultad de Sociología a trabajar con ellos en una investigación sobre la Violencia: “Él hizo los trámites para salirse de la parroquia […] y trabajamos juntos escribiendo el primer tomo sobre la violencia. Lo hicimos en secreto, nadie sabía que lo estábamos haciendo porque era muy delicado. Habíamos decidido decir las cosas con nombre propio, fechas y sitios. Teníamos toda la documentación necesaria a la mano” (Cendales et al., 2004).
Esta investigación no sólo contribuyó a desentrañar la magnitud del conflicto y su impacto en la sociedad colombiana, sino que también puso en evidencia las limitaciones del modelo funcionalista, en el que Fals Borda se había formado en Estados Unidos (Díaz-Arévalo, 2025; Uribe Celis, 2022), para analizar una sociedad en plena violencia como la de aquel momento. Sobre el papel que el análisis de la Violencia tuvo en la búsqueda de un modelo propio para el análisis de la realidad nacional y el surgimiento de una sociología comprometida con el contexto, Fals Borda recuerda:
Al analizar ese trabajo, su intensidad, la naturaleza del conflicto, se rompió en mi cabeza todo el esquema que había llevado del funcionalismo; no se puede explicar con el marco de referencia aprendido en las aulas de mis maestros. Escribí como conclusión de ese tomo mi primera expresión de alejamiento de ese modelo funcionalista, nosotros teníamos que asumir una posición mucho más clara, comprometida con las soluciones, y por eso el libro de La Violencia termina con 27 o treinta recomendaciones al gobierno, a la sociedad colombiana, a la Iglesia, y a la universidad, a todo el mundo, de cómo resolver el problema de la violencia. Son recomendaciones que si uno las lee todavía hoy eran muy lógicas, obvias, muy posibles; pero nunca fueron atendidas; fueron inspiradas precisamente en la sensación que teníamos de comprometernos con algo que sirviera a la sociedad. Una sociología comprometida con la transformación social (Cendales et al., 2004).
La correspondencia de Orlando Fals Borda escrita durante el debate periodístico tras la publicación del primer tomo de LVC en 1962 representa un lugar privilegiado para aproximarse tanto a la historia de lo que algún periodista en el fragor de la contienda denominó “el debate del siglo” como al debate político que vio en el libro una amenaza para la estabilidad del sistema político colombiano, representado en el Frente Nacional. La correspondencia de uno de los principales protagonistas de aquel debate, contra quien se lanzaron los más aguerridos ataques, arroja también luces sobre la compleja biografía intelectual de Fals Borda. De un lado, da cuenta de la habilidad de Fals Borda, decano de la recién creada Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, para sortear la crisis desatada tras la publicación de LVC. Del otro, deja entrever una vasta red de relaciones que rodeaba al joven sociólogo, y a la cual recurre en los momentos de crisis, como el llamado de auxilio que hace a su amigo, el teólogo y ministro presbiteriano, John Mackay, a quien escribe en el momento más crítico del debate: “Todo apunta en mi contra y hay quienes quieren cerrar la escuela de sociología. Es toda una lucha. Le escribo, como le prometí que lo haría cuando creyera necesario obtener por su medio apoyo en Ginebra y Roma” (Fals Borda, 1962. Carta a John Mackay. ACH-UN, FAFS, 1962-1964, 1413, 3, 24).3
La correspondencia de Fals Borda, así como su análisis crítico de los cuestionamientos, controversias y debates que suscitó LVC en la sociedad colombiana, tienen además el valor de revelar las costuras del proceso de escritura de un texto pionero, aunque desapercibido, en la historia de la sociología del conocimiento en América Latina.
Como los autores lo advierten en la introducción, la publicación de LVC, pese a su inherente carácter académico, tenía inevitablemente implicaciones políticas; más cuando la clase dirigente, que por acción u omisión tenía responsabilidades sobre la Violencia, había vuelto al poder. En efecto, aquella “primera lectura emblemática sobre el pasado reciente de la Violencia” (Jaramillo, 2020: 25) constituyó una de las dos grandes transgresiones a los principios del Frente Nacional; la otra fue el juicio al dictador Gustavo Rojas Pinilla, 1953-1957, a manos de los mismos artífices del pacto político (Valencia, 2012). Pese al carácter transgresivo de la obra, los autores de LVC no esperaban terminar convertidos en blanco de insultos y agresiones y, menos, que se produjera una reacción concertada tendiente a desacreditar y acallar la edición. Muy al contrario de lo sucedido, los animaba la convicción de que la publicación de LVC tendría una función terapéutica. Contra todo pronóstico, creían que una exposición sistemática de los hechos ocurridos persuadiría a la dirigencia nacional de que el propósito del Frente Nacional no era promover el olvido, sino terminar la Violencia y, para ello, era necesario afrontar la dolorosa verdad de lo ocurrido durante aquellos años (Guzmán et al., 2005: 29).
Así lo reconocía una reseña de Gómez Latorre, quien describió LVC como “el libro de nuestra postguerra”: [LVC] se escribió porque es imposible curar al país de tan grave mal si no se conoce la historia clínica, la intimidad del proceso, la esencia de la tragedia y la consistencia del cuerpo social que debe recibir el tratamiento” (El Tiempo, 1963, 19 mayo). En todo caso, la crisis generada con la publicación sirvió para que, contrario a los propósitos terapéutico y profiláctico del libro, se pusiera en marcha un proceso que Valencia (2017) ha llamado la invención de la desmemoria.
Sin embargo, contribuir a la paz del país no fue el único propósito del libro, previsto como el primer tomo de una serie destinada al análisis del tema. Escrito durante la llamada “tercera tregua”, una etapa de disminución de hechos violentos en relación con 1957, LVC tenía además el propósito de “crear ciencia”: un aspecto menos analizado en relación con LVC, pero al que sus autores dan toda la importancia. Como lo indica Fals Borda en la introducción, el libro es resultado de un cuidadoso proceso de investigación con recurso a probados métodos de recolección y análisis de la información y, sobre todo, llevado a cabo con apego al rigor en todo momento: “[n]o hay frase o dato que no encuentre corroboración en fuentes, documentos o archivos, incluso los organizados ex professo en la Sección de Investigación Social” (Guzmán et al., 2005: 29). En efecto, las técnicas desplegadas para el análisis de LVC prefiguran “las herramientas que, en adelante, serán privilegiadas por los científicos sociales” (Jaramillo, 2020: 31). Con estas credenciales académicas, LVC salía a la luz como la decimosegunda monografía publicada por la Facultad de Sociología en sus primeros tres años de existencia.
La vasta literatura sobre la Violencia ha señalado tanto las contribuciones esenciales como las limitaciones del marco de análisis de LVC, un libro-archivo,4 como lo llamó Gonzalo Sánchez (2007: 21). Aquí, el propósito es otro. Basado en la correspondencia personal y documentos inéditos de Fals Borda, el presente artículo busca entender mejor el impacto que el debate sobre LVC tuvo sobre los dos objetivos de la publicación: “servir al país”, lo que denominamos la función social del libro, y “hacer ciencia”, la función académica.
El artículo se divide en cuatro partes. En primer lugar, se presenta el contexto inmediato de la publicación de LVC; esto es, la crisis institucional que produjo la huelga estudiantil de 1962 y el primer Congreso Mundial de Sociología. En un segundo momento, se examina uno de los borradores de la introducción al volumen dos de LVC, el cual representa un primer intento de sistematización y análisis de las etapas del debate sobre LVC. El análisis de este texto permite aproximarnos a lo que Fals Borda denominó como el “fracaso” de la función social de LVC. La tercera parte se centra en la función científica de LVC. Para ello, se examina la artesanía de la escritura de la introducción al volumen dos publicado en 1963; esto es, se analizan las diferencias más significativas entre el borrador mencionado y el texto publicado. Como se indicará más adelante, las principales diferencias entre estos dos textos no radican en la forma y el contenido, sino en el uso de un marco conceptual para la escritura del texto publicado en 1963, lo que constituyó un ensayo pionero de sociología del conocimiento en Colombia. El artículo concluye con unas reflexiones finales sobre el impacto del debate sobre LVC y su doble propósito de servir al país y de establecer las bases para la construcción de una memoria colectiva sobre la Violencia.
Contexto inmediato: huelga estudiantil
y Congreso Mundial de Sociología de 1962
A mediados de 1962, inconformes con decisiones administrativas, los estudiantes de la Universidad Nacional organizaron una huelga, cuya consecuencia inmediata fue la expulsión de cuatro estudiantes acusados de haber organizado la protesta. Fals Borda, decano de la Facultad de Sociología, entre otras autoridades académicas, y Camilo Torres, profesor de la Facultad y capellán de la Universidad, protestaron contra de la expulsión de los estudiantes, lo que contribuyó a avivar la huelga. Entre los expulsados, recuerda Rojas Guerra (2021), estudiante de sociología en aquel momento, estaba María Arango, quien había sido elegida reina de la Universidad (Rojas, 2021: 44) (imagen 1).

Sobre estos eventos, Fals Borda escribió a D. G. Marshall, director del Departamento de Sociología Rural de la Universidad de Wisconsin: “Es la peor crisis a la que nos hemos enfrentado desde que se organizó esta Facultad” (Fals Borda, 1962. Carta a D. G. Marshall. ACH-UN. FAFS, 1962-1964, 1413, 4, 11).5 A continuación describe la huelga que él, Camilo Torres y otros profesores apoyaron, como una lucha contra la “primera amenaza abierta de macartismo en esta Universidad” y a favor de “la libertad de enseñanza y de opinión” (Fals Borda, 1962. Carta a D. G. Marshall. ACH-UN. FAFS, 1962-1964, 1413, 4, 11).
Por su parte, el gobierno central ordenó una comisión investigativa del Congreso para analizar la situación, tras la cual se produjo la renuncia del rector y se convocó elección de nueva junta directiva. En vista de la importancia que esta elección revestía para él mismo y la Facultad de Sociología, Fals Borda canceló su participación en el Primer Congreso Mundial de Sociología en Washington, en el cual presentaría una versión en inglés de su capítulo 13 de LVC, titulada “The Role of Violence in the Break with Traditionalism: The Colombian Case”.6
Tras la elección del expresidente de la república y entonces embajador ante el Vaticano, Darío Echandía, como rector, y de Fals Borda como representante de los profesores en la Consiliatura, Fals Borda escribió a Charles Hardin, de la Fundación Rockefeller, contándole que la tempestad no había golpeado a la Facultad de Sociología tanto como se lo esperaba gracias al resultado de la elección.7 Así se lo hizo saber al reverendo John Mackay: “la crisis que usted presenció durante su visita a Bogotá está parcialmente superada”, escribió Fals Borda, “y, me alegra decir que la victoria estuvo de nuestro lado. La comisión del Congreso nos dio la última palabra [...] Los otros decanos todavía están resentidos conmigo, pero tengo la sensación de que en sus corazones ellos saben que yo tenía la razón. En fin, se hizo justicia” (Fals Borda, 1962. Carta a John Mackay. ACH-UN FAFS, 1962-1964, 1413, 4, 23).

En ausencia de Fals Borda, la lectura de su ponencia en el Congreso Mundial de Sociología fue encargada a Andrew Pearse, profesor de la Facultad, quien además se ocupó de la distribución de 300 copias de la ponencia que Fals Borda había preparado para el evento. La difusión que el sociólogo quería dar a su ponencia parecía responder al menos a dos razones. En primer lugar, y de acuerdo con el propósito de “hacer ciencia”, LVC inauguraba un campo de investigación inédito. Como Fals Borda lo indica, el análisis de “la Violencia colombiana”, tenía el potencial de echar luces sobre un fenómeno apenas explorado en el campo de la sociología del conflicto; esto es, el estudio de “grandes grupos sometidos a luchas prolongadas […] donde la violencia se desboca literalmente de forma incontrolada y produce resultados imprevistos e impredecibles” (Fals Borda, 1964: 21). En segundo lugar, las diligencias adelantadas por Fals Borda y Eduardo Umaña, ante Texas University Press y The Atlantic Monthly Press, permiten inferir que la presentación en Washington buscaba allanar el camino a una publicación de LVC en inglés. Pese a las destacadas reseñas que recibió LVC por parte de académicos internacionales,8 su publicación en inglés no se concretó.
La correspondencia de Fals Borda sobre la protesta y sus consecuencias cierra con un tono optimista, aunque lamentando la pérdida del P. Camilo Torres como profesor de la Facultad por decisión del cardenal primado de Bogotá. Sin embargo, a Torres no sólo se le prohibió enseñar, sino que se le retiró de su rol como capellán de la universidad (Rojas, 2021: 44). En carta a E. Wilkening de la Universidad de Wisconsin, Fals Borda comenta que “el peligro macartista” había sido eliminado temporalmente tras la renuncia del rector y algunos decanos de corte reaccionario, dejando a la naciente Facultad de Sociología fortalecida y mejor posicionada. Esto escribía, sin imaginar, como el mismo Fals Borda escribió meses más tarde al reverendo Mackay, que mientras aquella tempestad era superada, otra se estaba preparando con motivo del estudio de la Violencia.
Balance crítico sobre la función social del libro
sobre la Violencia9
A mediados de 1963, un año después de la publicación de LVC, Fals Borda escribió “La reacción al libro sobre la Violencia” (Fals Borda, 1962. ACH-UN, FAFS, 1962-1965, 1460, 3, 1-44).10 El manuscrito, con numerosas enmiendas y anotaciones en las márgenes de puño y letra del mismo Fals Borda y de al menos otra persona, presumiblemente la socióloga María Cristina Salazar, representa un primer balance de las reseñas de LVC publicadas en los principales periódicos entre mediados de julio y finales de diciembre de 1962.
Dividido en cuatro partes, este texto, como su autor lo indica, no pretendía ser un ensayo de “asimilación crítica”.11 En efecto, el borrador incluye referencias personales, refutaciones enfáticas, toques de ironía y, en alguno que otro punto, alusiones personales a quienes atacaron el libro. Por ejemplo, señala al líder conservador Laureano Gómez de dirigir la ofensiva contra el libro; critica al cardenal Concha de “lavarse las manos”, al declarar que las contribuciones de monseñor Guzmán Campos a LVC representan la visión del clérigo y no la voz oficial de la Iglesia. A renglón seguido, lanza un dardo contra los conservadores que, a nombre de “la dignidad histórica” de su partido, calificaron LVC de ser “una incitación al resentimiento, a la cólera y al sectarismo político”. Fals Borda escribe que tal reacción sólo confirma que “en casa del ahorcado no se puede mentar la soga” (Fals Borda, 1962. La reacción al libro sobre la Violencia. ACH-UN, FAFS, 1962-1965, 1460, 3, 27). A quienes critican LVC usando teorías de larga duración, como aquellas de la agresividad natural de los pijao (Bedoya, 1962), la de un complot comunista de Moncada (1962), y la de Gutiérrez Anzola que busca las raíces de la Violencia en las gestas de independencia que pusieron fin a la pax hispanica, Fals Borda les reprocha el uso de “sofismas de distracción” cuando las causas inmediatas echan luces y permiten llegar a “explicaciones racionales” (Fals Borda, 1962. La reacción al libro sobre la Violencia. ACH-UN, FAFS, 1962-1965, 1460, 3, 19).12 El borrador contiene muchos más comentarios, en la misma línea, sobre los cuales las anotaciones a mano al margen sugieren refinar, suavizar o, simplemente, suprimir.
Pese al carácter preliminar —y al tono emotivo—, este primer esbozo de análisis constituye la base del balance crítico de la recepción del libro que, con cambios de forma y contenido, se publicó como introducción al segundo tomo de LVC en 1963. En efecto, aspectos tales como la cronología de la contienda periodística y los aspectos centrales del debate, constituyen la columna vertebral del texto publicado. A continuación, se presentarán una síntesis de los aspectos más relevantes de las tres etapas en las que Fals Borda dividió el debate en torno a la LVC: la “crítica constructiva”, la persecución furiosa contra el libro y sus autores, y los intentos institucionales por obstruir la función social del libro.
Convergencias iniciales de la crítica constructiva
La primera etapa de la recepción de LVC estuvo marcada por lo que Fals Borda denominó un contexto de “ponderación y expectativa”. En general, la crítica advirtió que, pese a ser un “libro angustiante” por las atrocidades y actos espeluznantes que describían sus páginas, LVC era tristemente un testimonio fiel de la historia más reciente del país, un relato minuciosamente documentado del conflicto en las zonas rurales, “aun cuando los colombianos prefieran no conocerla, olvidarla o desentenderse de ella”. Fabio Simonelli fue el encargado de sentar el tono del debate con la primera reseña que se publicó sobre LVC: “[LVC] es la más seria, útil, objetiva, justa y patriótica investigación de las raíces sociales de la violencia, adelantada con el concurso de dos herramientas insustituibles: la comprensión humana del integral discípulo de Cristo, y la penetración científica de un sociólogo riguroso” (El Espectador, 1962, 12 de julio). Tres días después, en el mismo periódico, el líder conservador y futuro presidente de Colombia, Belisario Betancur, reconocía que las principales causas de la Violencia eran la desigualdad social, el fanatismo y un sistema político que impedía el cambio social por medios democráticos. Betancur concluía señalando que la alternativa era la “revolución social” (El Espectador, 1962, 15 de julio).
El 19 de agosto, el Suplemento Dominical deEl Espectador publicó el primero de dos artículos de Gerardo Tamayo Peña, titulado “Lectura para gobernantes”, en el que hacía una exposición detallada de los temas, estructura y secciones del libro. Allí Tamayo Peña se preguntaba: “¿Cuál es la razón para que miles de colombianos [estuvieran] luchando a brazo partido por tener la oportunidad de conocer este libro sensacional?”. Como lo recuerda Fals Borda (s. f.: 4), los dueños de los libros de la primera edición de sólo mil ejemplares tuvieron que crear un sistema de turnos para la lectura.
Con base en las reseñas publicadas en los principales periódicos y revistas entre mediados de julio y finales de septiembre de 1962, los principales puntos del debate podrían resumirse en los siguientes cinco elementos:
a) El país necesitaba urgentemente un estudio autorizado e imparcial como el de LVC para entender y buscar soluciones al conflicto. En esta línea estuvo también la lectura del coronel Valencia Tovar, quien, en respuesta a la solicitud de su superior, el general Ruiz Novoa, ministro de Guerra, redactó un informe clasificado sobre el libro. El informe de Valencia afirmaba que la relevancia de LVC consistía no sólo en ser el primer estudio sin sesgo político sobre la Violencia, sino también en aumentar la conciencia de la crisis estructural del país, y por lo tanto era un primer paso hacia soluciones prácticas. Para Valencia, “la indudable imparcialidad exteriorizada por los autores”, así como “la penetrante fuerza sociológica” demostrada en el estudio objetivo de los orígenes y desarrollo del problema hacían de LVC “un documento de valor excepcional, franco, rudo y demoledor, que […] no puede en sana lógica acentuar el error, sino contribuir a disiparlo si esto es posible” (El Espectador, 1962, 19 de diciembre).
b) La Violencia era el resultado de un quiebre estructural de las principales instituciones sociopolíticas —el sistema legal, en particular, que facilitaba altos niveles de impunidad. Las reseñas coinciden en que la Violencia tiene su origen en la impunidad que, como lo afirmó Arturo Avella, director de El Siglo, es de dos clases: “la impunidad de los delincuentes vulgares y la impunidad de los altos dirigentes políticos” (Semanario Político, 1962, 13 de febrero). La misma opinión tenía el ministro de Guerra, para quien la falta de solución a la descomposición del sistema legal conduciría inevitablemente a la continuación de la violencia (El Siglo, 1962, 5 de octubre). Para el fiscal General una solución exclusivamente punitiva a la Violencia era simplificar el problema, pues la más grave violencia sólo podría ser combatida, en efecto, “mediante una esencial reestructuración social y económica, ya que es precisamente la estructura social y económica actual la que engendra esa violencia” (El Espectador, 1962, 23 agosto).
c) Se acepta la responsabilidad de la sociedad colombiana en su conjunto, pero se reconocen diferentes niveles de responsabilidad, lo que cuestionaba la versión del discurso de posesión de Alberto Lleras en 1958, según el cual la Violencia era el resultado de una “reserva de salvajismo” en el campesinado y que, por tanto, fue inevitable. Voces como la del ministro de Guerra aseguraron durante una sesión parlamentaria que las órdenes de matar campesinos en el interior del país provenían de despachos en Bogotá: “No fueron las fuerzas armadas las que ordenaron a los campesinos arrasar familias enteras para que no quedara ni la semilla del adversario. Fueron los senadores, los representantes y los jefes políticos” (El Tiempo, 1962, 27 de septiembre). Con tono irónico, el dirigente liberal Juan Lozano argumentó que LVC no tenía sentido ya que describía una situación que era bien conocida por todos (El Tiempo, 1962, 1 de agosto). Para el escritor Luis López de Mesa, el libro LVC se quedó corto al señalar tanto la responsabilidad directa del gobierno central en la forma en que se desplegó la Violencia y, a renglón seguido, acusó a la dirigencia del Partido Conservador de establecer un centro de tortura a doscientos metros del Palacio Presidencial y de adelantar un plan para trasladar a Bogotá al grupo paramilitar Los Pájaros (El Tiempo, 1962, 30 de septiembre). En un tono mucho más conciliador, a pocos días de haber culminado su periodo presidencial, Lleras Camargo reconoció que “la irresponsabilidad de los políticos” fue la causa de que el país tuviera que sufrir las consecuencias duraderas de la Violencia” (El Espectador, 1962, 19 agosto).
d) La Violencia provocó una enorme transformación en el campesinado colombiano. Como “aprendiz de brujo”, escribió Fals Borda (1964: 29), la dirigencia política ignoró las fuerzas con las que estaba jugando. A diferencia del campesinado pasivo, arrastrado por “el quijotismo pendenciero” del siglo xix, las poblaciones rurales ya no eran presa fácil del fanatismo de sus jefes. Así, para muchos, la “crisis moral”, o el “colapso ético”, resultaba de la contradicción inherente entre el cambio social y el mantenimiento de las instituciones políticas, religiosas y jurídicas anticuadas e inoperantes.
e) Un nuevo conflicto estaba ganando terreno. Ante la proliferación de grupos de bandoleros, la mayoría de ellos conformados por huérfanos cuya familiaridad con la violencia los llevaba a una vida delictiva, el coronel Valencia hacía una defensa del “manejo sociológico de la violencia”, con la cual había logrado des-escalar pacíficamente el conflicto que involucraba a las guerrillas en la llamada república independiente de Vichada (Cubides, 2011). Por su parte, el fiscal general declaró que la propuesta del gobierno de introducir la pena capital sería totalmente ineficaz para acabar con la violencia de los bandidos: “La violencia continuará, con o sin pena de muerte, mientras no desaparezcan las profundas causas que la determinan” (El Espectador, 1962, 23 agosto). En contraste, el mea culpa del expresidente Ospina Pérez por “todos los males que le hemos hecho a la patria” terminaba señalando la inconveniencia del análisis de los hechos, pues dificultaba la tarea pacificadora (La República, 1962, 5 agosto). Mientras tanto, en las dos cámaras del Congreso, el conflicto político se simplificó a un problema de delincuencia y orden social, tras lo cual el gobierno anunció un plan de emergencia de guerra total, el cual incluía armar civiles, para reprimir por igual grupos subversivos y bandas criminales, que según la estimación del momento contaban con más de 7 000 rebeldes.
La negativa del gobierno a diferenciar entre bandoleros y guerrilleros acentuó el conflicto político entre quienes pretendían frenar la violencia erradicando sus causas sociales y quienes reclamaban exclusivamente métodos punitivos.
“El debate del siglo”: la violencia contra La Violencia en Colombia
A mediados de septiembre, la correspondencia de Fals Borda reporta noticias “del debate más intenso y acalorado que se recuerde en los últimos años”. En una carta al reverendo Mackay, explica que el partido Conservador “interpretó el libro como un ataque y reaccionó con furia, incluyendo campañas personales contra los tres autores” (Fals Borda, 1962. Carta a John Mackay. ACH-UN. FAFS, 1962-1964, 1413, 3, 23).
En efecto, el diálogo y la crítica constructiva se detuvieron cuando el libro LVC empezó a ser utilizado en el Congreso por liberales y conservadores como herramienta de recriminación mutua. En una sesión parlamentaria del 25 de julio de 1962, el senador liberal Ciro Ríos, citando a LVC, recordó al senador conservador Salazar García su participación directa en algunos episodios de la Violencia. Salazar García argumentó en respuesta que el libro era una de las muchas mentiras escritas contra el Partido Conservador (Fals Borda, 2005: 23-25) y Álvaro Gómez Hurtado, hijo del expresidente Laureano Gómez, concluyó que el libro era “un relato mañoso y acomodaticio, respaldado por unos documentos secretos” (El Siglo, 1962, 1 agosto). Este fue el comienzo de una escalada de acusaciones mutuas entre liberales y conservadores que derivó en una campaña de desprestigio del libro.
Sin mencionar ningún aparte del libro, la prensa conservadora afirmó que LVC era una “interpretación parcializada y sectaria” en la que el sociólogo del grupo “emplea todo su arsenal de vocablos ‘técnicos’ para presentar al conservatismo, al ejército, la policía y el gobierno como responsables exclusivos de todos los crímenes que su colega el señor Guzmán ha relatado con morbosidad insana en la primera parte del panfleto” (El Siglo, 1962, 15 de septiembre).14
El 23 de septiembre de 1962, el jesuita Miguel Ángel González publicó en la revista Xaveriana su artículo “La Violencia en Colombia: análisis de un libro”. Se trataba de una extensa reseña realizada con el objetivo de demostrar tres proposiciones: primero, que los autores habían actuado de mala fe; segundo, que el libro carecía de fundamentos científicos; y tercero, que se había publicado inoportunamente.15 En una acción coordinada por el Centro Conservador de Estudios Colombianos, el folleto fue distribuido en las iglesias, a la salida de misa, y en las principales universidades del país. No obstante, el argumento fuerza del padre González se hallaba en la última línea, como si la extensa reseña fuera apenas el preámbulo de la prueba reina. Allí, el jesuita señalaba que el libro no tenía imprimatur; esto es, el permiso eclesiástico establecido por el Código Eclesiástico (canon 1 386) para libros de autoría o coautoría de un eclesiástico. El cardenal Concha se vio entonces obligado a emitir un comunicado declarando que monseñor Guzmán no había solicitado autorización a la curia para publicar el libro y, por lo tanto, el contenido era de exclusiva responsabilidad de sus autores (La Prensa, 1962, 27 septiembre). Tal descubrimiento, que “en verdad tenía poco que ver con el contenido del libro, se convirtió en grito de guerra” de la prensa conservadora.16
En efecto, la falta de imprimatur no sólo fue usado como argumento incontestable de la conducta moral deshonesta de los autores, sino que abrió la puerta para que la prensa conservadora pasara de criticar el “libro envenenado” a atacar a sus autores: “un sacerdote renegado” y “amigo de criminales”, “un sociólogo protestante” y “un abogado librepensador”, cuyos antecedentes personales los hacían incompetentes para analizar la realidad colombiana. El Siglo (1962, 5 de octubre) declaró que “no debería admitirse decanos protestantes en la Universidad Nacional”, mientras el Semanario Día del Señor (febrero de 1963) alegaba que “un protestante no [era] competente para estudiar las realidades del país”.
En su comunicación al reverendo Mackay, escrita unos días después de la aparición de la crítica del Padre González, Fals Borda se quejaba de los ataques personales lanzados contra los autores. “Me acusaban de ser protestante”, se quejó Fals Borda con Wilkening. En carta al reverendo John Sinclair de la Comisión de Misión y Relaciones Ecuménicas de la Iglesia Presbiteriana Unida de los Estados Unidos, con quien el sociólogo cultivaba una relación de amistad cercana, Fals Borda agregó: “lo más llamativo fue la forma como se ensañaron contra monseñor Guzmán, principalmente por el hecho de haber colaborado con un protestante como yo. Varios editoriales se dedicaron a atacarnos por ese motivo”. Sin embargo, seguro de la sólida base empírica de LVC, Fals Borda escribió a Mackay sobre los intentos de sus detractores por descalificar el libro como un “estudio parcializado y sectario”: “ahí, los Conservadores están peleando una batalla perdida […] pues en todo este alboroto ni un solo argumento o hecho presentado en el libro ha sido descalificado o probado erróneo” (Fals Borda, 1962. Carta a John Mackay. ACH-UN FAFS, 1962-1964, 1413, 3, 31).
En octubre Fals Borda escribió a P. Deutschmann reportando que el debate había sacudido ya dos veces el gabinete nacional, requerido editoriales diarios en la prensa nacional a favor y en contra durante varios meses, y promovido reuniones públicas y secretas del Congreso Nacional y, en carta al reverendo Sinclair, Fals Borda llegó incluso a mencionar, tal vez sobreestimando los hechos, la amenaza de un golpe de Estado.
La llamada “guerra de los periódicos” alcanzó un punto álgido cuando se acusó a la LVC y a sus autores de incitar al pueblo a la violencia y, por tanto, de ser responsables de su continuación. Con una referencia clara a los autores de LVC y a Luis López de Mesa y su “Un historial de la Violencia” (El Tiempo, 1962, 30 septiembre), El Siglo (1962, 1 octubre) llegó incluso a sugerir que la ofensiva contra la Violencia también debía “orientarse contra los ‘sociólogos’ de vieja o de última hora, que han demostrado ser mejores francotiradores que los llamados guerrilleros”.
Cerrar la caja de Pandora
Tras cuatro meses de agrio debate, el libro LVC, según Panglos (seudónimo del periodista y crítico Antonio Panesso Robledo), había provocado más violencia verbal que la física descrita en sus páginas (El Espectado, 1962, 28 noviembre). La intensidad del debate y el involucramiento de miembros del establecimiento llevó a que los directores de La República y de El Tiempo convocaron a una reunión nacional de directores de periódicos para poner fin a la disputa entre la prensa y alinearse con los objetivos del Frente Nacional.
Con la excepción del de Diario de Ibagué, 35 directores de periódicos suscribieron un acuerdo, según la cual se comprometían a “evitar toda polémica sobre la responsabilidad de los partidos políticos en la Violencia, dejando ese juicio para una generación futura, menos implicada y más objetiva” (Guzmán et al., 2005: 32). El acuerdo de los medios se unía a las voces de importantes políticos como el expresidente Ospina Pérez y el ministro del Interior Fernando Londoño, para quienes cualquier intento de analizar los orígenes de la Violencia, o las responsabilidades sobre la misma, podría desestabilizar el Frente Nacional. En opinión de éstos, el Frente Nacional se había creado para no hablar más de la Violencia (Fals Borda, 2005: 49).
Al enterarse de la decisión de los medios de dar por zanjado el debate sobre LVC y sobre la Violencia, Fals Borda expresó preocupación. Si bien el “armisticio periodístico” suponía un cese de los ataques al libro y los autores, al sociólogo le preocupaba que la interrupción del debate sobre LVC por conveniencias políticas resultara en una política del olvido que acallara, además, el debate sobre las formas de superar la Violencia. “Ya verás que así se hace la Arcadia, pero han seguido los muertos día a día”, escribió Fals Borda a Óscar Delgado con tono irónico tras la decisión de los periódicos. Al respecto también escribió a Enrique Valencia Valencia lamentando las vacías promesas de paz proclamadas en medio de la calma chicha que sobrevino tras el efímero acuerdo de la prensa nacional: “Paz, paz”, escribió Fals Borda. “Ojalá que el remedio esté pronto, que no es la simple paz”.
El acuerdo de la prensa, sin embargo, tuvo una corta vida. Sólo un mes después los titulares de primera página anunciaban que el senador conservador Marín Vargas pedía un debate privado en el Congreso contra el ministro de Guerra, Ruiz Novoa, por el informe sobre el libro LVC del coronel Valencia Tovar, fechado el 8 de agosto de aquel año. El informe, en el que Valencia Tovar recomendaba encarecidamente que el libro fuera estudiado por los militares, sólo podía servir, en palabras de Marín Vargas, para difundir un ataque sectario contra el Partido Conservador (El Siglo, 1962, 11 noviembre).17 El enfrentamiento entre Marín Vargas, figura activa de la Violencia en los estados de Santander y Boyacá, y el ministro de Guerra, que había ordenado el informe, alcanzó su punto de ebullición cuando el ministro retó a Marín a un duelo por considerar que las acusaciones de este último eran falsas y atentaban contra el honor de los militares. Marín, que rechazó el desafío del ministro, afirmó que actuaba para proteger la dignidad del ejército de las dañinas acusaciones de LVC.
En un intento por restarle importancia al debate sobre la Violencia, Roberto Urdaneta, quien había reemplazado a Laureano Gómez en la presidencia entre 1951-1952, escribió un artículo en el que declaraba que el fenómeno ocurrido durante la década de 1950 era algo normal, ya que la violencia “ha ocurrido en otros países y en cualquier época” (La República, 1962, 2 diciembre). El 24 de diciembre de 1962, el bachiller Cleofás Pérez —seudónimo del expresidente Lleras Camargo— escribió que tras el mutuo acuerdo entre los liberales y la mayoría de los conservadores, el debate sobre LVC se dio por concluido por ser “perjudicial y violatorio del programa de la Gran Coalición que recomienda no perturbar con la política el funcionamiento de las instituciones armadas” (El Tiempo, 1962, 24 diciembre).
Tras el debate político en relación con la publicación de LVC, Fals Borda escribió a su amigo Armando Samper que las campañas desatadas por las derechas no tuvieron ningún resultado visible, excepto la de poner en evidencia el delgado barniz democrático del Frente Nacional y el sectarismo a flote de la sociedad colombiana. “La reacción al libro sobre la Violencia”, escrito seis meses después de la carta a Samper, ofrece un análisis distinto. Aquí, el sociólogo señala que, gracias al debate sobre LVC, las tres principales facciones conservadoras que habían estado en disputa desde la creación del Frente Nacional se unieron por primera vez para enfrentar la crisis provocada por el libro (Guzmán et al., 40),
18 alianza que se ratificó, de acuerdo con la fuente, a principios de 1963.
La cancelación del debate histórico sobre la Violencia y la reiteración del pacto político entre las facciones reunificadas del conservadurismo y los liberales no fueron empero los únicos resultados de la controversia desatada tras la publicación de LVC. También se consolidó una nueva narrativa del pasado reciente. Aquí, como lo ha señalado Valencia Gutiérrez (2017), el papel de El Tiempo fue esencial no sólo en acallar el debate, sino en representar la Violencia como una fuerza impersonal y ciega.
De la defensa del libro a la defensa de la Facultad
Con base en las fuentes analizadas, es posible inferir que la defensa de LVC no consistió solamente en destacar el rigor y veracidad del libro o la buena fe de los autores. La correspondencia de Fals Borda sugiere que éste entendió que su mejor defensa y la de la Facultad que dirigía era la consolidación de los procesos en marcha, los cuales incluían gestiones ante organizaciones de cooperación internacional como la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (United States Agency for International Development, USAID) y las fundaciones Ford y Rockefeller para la construcción del nuevo edificio de la Facultad, la subvención de profesores internacionales para los nacientes programas de postgrado y la solicitud de becas para estudiantes de la Facultad en universidades de los Estados Unidos y Europa, entre otros muchos. En efecto, en octubre de 1962 el Banco Internacional de Construcción y Fomento emitió un informe favorable sobre el papel de la Facultad de Sociología en el desarrollo social de las comunidades rurales. Poco después, como se lee en la misiva de Fals Borda al Embajador de los Estados Unidos en Colombia, Fulton Freeman, la Fundación Rockefeller y USAID, aprobaron financiación para los programas de sociología, trabajo social y desarrollo comunitario de la Facultad.19
Además, en medio del debate adelantó la publicación de trabajos en proceso sobre temas de investigación menos “candentes”, como la monografía “La comunicación de ideas entre el campesinado colombiano”, escrita con Deutschmann. En carta a éste, Fals Borda ofrece disculpas por la decisión unilateral de adelantar la publicación, decisión “justificada únicamente por las grandes y peligrosas presiones que se han ejercido sobre nosotros a nivel local”. Y sobre el texto publicado, concluye: “la seriedad de los métodos presentados en nuestra monografía, el análisis estadístico, etc., demuestran muy bien la relativa madurez de nuestra ciencia” (ACH-UN FAFS, 1962-1964, 1413, 5, 19). Ese mismo mes, tras varias gestiones de Fals Borda, la Facultad fue designada sede del VII Congreso Latinoamericano de Sociología para 1965.
En carta a Wilkening, Fals Borda comenta que la tormenta había pasado, dejándolos “maltrechos pero victoriosos”, pues no pudieron cerrar la Facultad de Sociología ni obtener su dimisión como decano. A su amigo Óscar Delgado, en México, le comenta que los conservadores, encabezados por un jesuita y el mismo Laureano Gómez, “hicieron retemblar cielo y tierra”, y hasta obtuvieron una “declaración adversa” del cardenal Concha contra el libro, pero que no lograron lo que en realidad perseguían. Y agrega, no sin algo de sorpresa, que aquellos ataques, infundados como eran, pudieron haberse llevado por delante a la Facultad y a él mismo. La síntesis que Fals Borda hace del debate es esclarecedora de su determinación personal y profesional respecto a la Facultad que había fundado tres años atrás: “Por ahora seguiré al frente de la Facultad y veré que cumpla su destino histórico”.
Función científica del libro sobre la Violencia y el esbozo de una sociología del conocimiento
Mientras la tormenta política arreciaba, Fals Borda y un grupo de profesores entre los que se contaban Camilo Torres, Aaron Liman, Eugen Havens, Germán Guzmán, José Gutiérrez, Andrew Pearse y Eduardo Umaña Luna trabajaban en el segundo tomo de LVC. Como Fals Borda escribió en una de las convocatorias a las reuniones que precedieron la realización del proyecto, pese a que el primer volumen ha sido utilizado como “almohadilla política”, su trabajo como investigadores sociales seguía inconcluso como lo indicaba el recrudecimiento de la violencia en varias zonas del país (Fals Borda, 1962. Carta a un grupo de profesores UN. ACH-UN, FAFS 1962-1963, 1460, 4, 46). Así, el segundo volumen de LVC se publicó en diciembre de 1963.
La publicación se presentó como un esfuerzo redoblado por superar la “tendencia emotiva” que, en palabras de los autores, “impedía llegar al fondo de la cuestión y tomar conciencia sobre la necesidad de erradicar las causas de la Violencia (Guzmán et al., 2005: 15). Así, en consonancia con el objetivo de “servir al país”, el segundo volumen de LVC profundizó en el análisis de las problemáticas sociales de la Violencia con un fuerte acento en la comprensión de grupos afectados, como la niñez abandonada de la que se ocupa la parte dos del libro, y propone terapéuticas para diferentes sectores, incluyendo el “nuevo antisocial” del que se hace un análisis y se proponen alternativas más allá de los acciones represivas aplicadas a la delincuencia organizada o “bandolerismo”.
Respecto al propósito de “hacer ciencia”, el volumen dos de LVC refuerza el componente estadístico, apela a nuevas fuentes para precisar la cronología del conflicto, al tiempo que aplica el análisis socioetnográfico a prácticas y mecanismos de organización sociopolítica surgidas durante el conflicto, como las colonias agrícolas o zonas autónomas regidas por las llamadas Leyes de los Llanos.
Un aspecto que responde al propósito de hacer ciencia tiene que ver con la introducción del segundo tomo de LVC. En efecto, los cambios de estilo y forma, así como la supresión de señalamientos y comentarios emotivos o irónicos, no son las únicas diferencias entre el borrador arriba mencionado y la introducción publicada en 1963. El cambio más significativo es que el texto publicado sigue un método de análisis. Partiendo del marco propuesto por Daniel Lerner (1950), según el cual, el análisis de la recepción de una obra consiste en examinar la reacción que un libro “provoca en la vida afectiva de su público” (en Guzmán et al., 2005: 19), y no sólo en el análisis del contenido de las críticas o la identidad individual o colectiva de quienes reaccionaron a la obra, Fals Borda usó el vasto material de la crítica para desarrollar un ensayo pionero de sociología del conocimiento en Colombia.
El punto de partida, también siguiendo a Lerner, es que la calidad, amplitud e intensidad de la reacción que un libro provoca en el público son criterios para entender su importancia. Así, establecida la relevancia del libro, Fals Borda usa la exposición cronológica del debate sobre el primer tomo de LVC como el contexto sociohistórico para examinar, en primer lugar, cómo la publicación indujo a los lectores a “situarse respecto a los hechos ocurridos […] ponderar sus recuerdos, a situarse en el presente en relación con la violencia y a definir sus expectativas” (Fals Borda, 2005: 42). En algunos casos, señala Fals Borda, el libro fue estimulante, en otros, su lectura fue dramática y dolorosa, mientras que, para otros, el rechazo del libro resultó ser un mecanismo de defensa de sus antiguas posturas respecto a la Violencia. En segundo lugar, para identificar, a través del lente propuesto por Lerner, hasta qué punto el libro presentó al lector “una imagen pública” sobre la cual éste proyectó su propia imagen personal (Guzmán et al., 2005: 42). Así, Fals Borda lee las interpretaciones y demandas respecto al libro como proyecciones “del ego o la imagen personal sobre la imagen pública del libro mismo” (Guzmán et al., 2005: 42).
Sobre esta base, Fals Borda establece dos líneas de análisis: 1) el tipo de relación que establecen los propios críticos con el libro; esto es, cómo se clasifica el reseñador o comentador, es decir si en relación con el libro y sus autores, se pone en una posición de superioridad, inferioridad o neutralidad; y 2) el tipo de información que los comentadores producen, es decir, si sus reseñas son neutrales, amistosas u hostiles, con un repertorio de seis categorías para cada una de las dos últimas.20
La combinación de estos dos vectores le permite inferir seis binomios o categorías a través de los cuales Fals Borda expone las críticas a LVC (Guzmán et al., 2005: 43-52), evitando responder o comentar a los ataques contra el libro, como si lo hizo en “La reacción al libro sobre la Violencia”. Aquí, en cambio, la categoría misma sirve de lente crítico. Por ejemplo, al ubicar las críticas del padre González y de algunos líderes conservadores en el binomio superior-hostil, Fals Borda analiza sus críticas a través de los lentes de las categorías saúlico (del rey Saúl) e “imprecatoria”. Sobre esta combinación, Fals Borda escribe: “se refiere a aquel rol parecido al de un padre celoso que se vuelve enemigo de su prole porque empieza a ver en ella una amenaza a la autoimagen del padre, antes poderoso y dominante”. Y continúa, la actitud respectiva es imprecatoria “porque desea desterrar o eliminar de la casa común a la prole amenazante y así se expresa en forma tonante” (Guzmán et al., 2005: 44).
De igual manera, evitando prejuzgar la intención de aquellos que propusieron explicaciones de larga duración a los orígenes de la Violencia, Fals Borda utiliza la estratificación neutral-hostil, pues tales teorías demuestran nuevas maneras de enfocar el tema, aunque buscando “debilitar, por extensión, el argumento presentado en el libro criticado”. Aquí se ubican también aquellos que declaran la inoportunidad del libro por razones políticas, sin atacar directamente a LVC. El grueso de la prensa conservadora, especialmente aquella dedicada a repetir los comentarios de los voceros del partido, cae
en el binomio de los “adeptos a la hostilidad con sensación de inferioridad”, cuyo afán es el de “hacer aparecer la ignorancia como sabiduría”, mediante la utilización de frases de cliché, estereotipos o frases defensivas Guzmán et al., 2005: 50). Este rol, indica Fals Borda, se ajusta a aquellos que en la discusión se mueven en el campo de los símbolos doctrinarios y, por tanto, apelan a la autoridad de otros o al cliché, sin otro criterio moral que la conveniencia práctica.
En contraste con el tono de reservado optimismo con el que Fals Borda escribió la introducción al primer volumen de LVC, la introducción al segundo cierra con una nota de hondo escepticismo sobre la función social del libro. A cambio de surtir un efecto profiláctico y preventivo, LVC “se tornó en una herramienta de sondeo de la opinión pública y de la conformación de actitudes de la clase dirigente nacional”. Aunque la reacción eminentemente emotiva contra el libro permita concluir, de acuerdo con la teoría de Lerner, que LVC puede ser considerado un libro trascendente toda vez que operó como un estímulo a la vida efectiva de su público, lo cierto fue que tales reacciones no fueron sólo la respuesta de “egos estropeados”. Para Fals Borda, las reacciones contra el libro fueron apenas expresión de una furiosa determinación por preservar estructuras obsoletas, pero convenientes para los representantes del sistema y sus instituciones. Por esto, para muchos el solo intento de ubicar la Violencia dentro de un marco histórico y político, a fin de analizarla con recurso al análisis sociológico resultó ser “una amenaza social”.
Comentarios de cierre
El foco principal de este artículo fue analizar cómo los ataques y reacciones contra la publicación de LVC fueron transformados, a través del lente de la investigación social, en materiales de análisis. En esta, como en posteriores ocasiones, Fals Borda respondió a las críticas, incluso personales, con más investigación. Como ya lo señaló Rojas Guerra (2010: xi), uno de los aspectos decisivos de la carrera intelectual de Fals Borda fue su “permanencia o persistencia en el desempeño de su rol de […] investigador social que no dogmatiza los conceptos, que no cierra el círculo y que, por consiguiente, se niega a ser un hombre de doctrina”. Así, al analizar las diferentes formas en que los políticos y la prensa legitimaron sus interpretaciones del conflicto social, Fals Borda no sólo escribió un ensayo pionero sobre la sociología del conocimiento, sino que también arrojó luz sobre los intereses de la clase política y sus mitos, como el de la dignidad de los partidos políticos, los cuales se usaron como excusa ideológica para obstruir la construcción de una memoria crítica sobre la Violencia y de un consenso reparador sobre la debacle vivida. Si una frase pudiera encapsular lo que para Fals Borda fue el quid del debate sobre LVC, ésa sería la que éste escribió a Enrique Valencia Valencia: “Sabrás del escándalo que sobre el libro de la violencia armaron los conservadores. Se la buscaron, porque se dio en el clavo”.
En términos metodológicos, cabe resaltar la correspondencia entre el dispositivo metodológico del artículo y el material analizado. En otras palabras, el análisis de la artesanía de la escritura de la introducción al segundo tomo de LVC (1963) nos ha servido para tejer la estructura del artículo y, al mismo tiempo, ha proporcionado las claves para entender la doble función del libro: la social y la científica. Aún más, el análisis de la doble función del libro nos ha permitido conectar el proceso de crítica de la Violencia en Colombia con los orígenes de la sociología comprometida de Fals Borda. En las semblanzas del sociólogo, la función crítica de la sociología comprometida con la transformación social se asocia más con obras de finales de la década de 1960, como La subversión y el cambio social (1967) o Las revoluciones inconclusas en América Latina (1968). En contraste, este artículo ha mostrado que LVC representa el punto de quiebre del sociólogo con su formación funcional positivista y, por tanto, el inicio de marcos teóricos y prácticos de una sociología desde y para el contexto latinoamericano.
En el prólogo de la reimpresión de LVC (2005), el entonces octogenario Fals Borda revela que aquel libro “tormentoso y atormentado”, además de los propósitos de servir al país y hacer ciencia, tenía también un objetivo personal. La investigación sobre los problemas críticos planteados por la Violencia era, como escribe Fals Borda, una forma de perseguir la dignidad histórica de su generación: “La generación de la Violencia a la que [tuvo] el infortunio y también el privilegio del reto de pertenecer”. La búsqueda de dignidad histórica, en buena parte explica que, a pesar de que la mayoría de los ataques a la LVC procedieron del partido conservador y su defensa, de los liberales, Fals Borda no leyó el debate desde una perspectiva bipartidista. Bajo ese aparente enfrentamiento entre la retórica despiadada de los conservadores y la moderación de los liberales, Fals Borda entendió una estructura bifuncional: por un lado, la política del pacto de caballeros; por otro lado, una red clientelista dispuesta a promover el fanatismo y el odio entre las bases. Por ello, el que podía haber sido “el libro de nuestra postguerra”, terminó convertido, contra todo pronóstico, en el preámbulo de sesenta años de violencia y destrucción.
Así, la frustración a la que se refiere Fals Borda tenía menos que ver con la hostil recepción del libro, a la que el autor convierte en material de análisis, y más con su fracaso en contribuir a “corregir los defectos básicos de la estructura nacional” que permitieron que la historia de la Violencia se repitiera década tras década en el país rural. Como lo recuerda el sociólogo, la reimpresión de los dos volúmenes cuatro décadas después de su primera publicación fue un nuevo esfuerzo por reactivar la función social de LVC ante el desmonte progresivo de la Constitución Política de 1991 durante la administración de la seguridad democrática y el ruido de las motosierras de la violencia paramilitar al inicio del milenio (Guzmán et al., 2005: 16).
En este sentido, puede releerse lo que Fals Borda llama “el fracaso” de la función social de LVC. Es cierto que el libro no logró su propósito de invitar a la clase política a un examen sobre su rol en la generación de la violencia política y, mucho menos, a corregir las fallas de la estructura nacional, como llamó a esas condiciones que favorecían la violencia armada como forma de lucha política. Sin embargo, la función social del libro no debe verse sólo en el contexto de producción de la obra, sino de su impacto a través de más de seis décadas de historia. Como este artículo lo ha señalado, LVC contribuyó a promover un movimiento de estudios sobre la Violencia que, a su vez, promovieron la labor sociológica comprometida con el pasado y el presente de la violencia en el país. Esta lucha no sólo es contra la violencia misma, sino contra esas estrategias que contribuyen a perpetuarla como el olvido y la impunidad.
Así, cuando la tragedia tendía a “repetirse paso a paso de manera irresponsable”, el mismo Fals Borda (2005) advirtió sobre la actualidad de LVC para entender las raíces del conflicto y su contracara, el silencio y la impunidad como proyecto político: “Por periodos sucesivos la violencia y el terror vuelven a levantar su horrible cabeza enmarañada de Medusa, como copia fiel de lo ocurrido antes” (Guzmán et al., 2005: 13). La historia nacional no sólo ofrece incontables ejemplos de la repetición paso a paso de la tragedia. Como lo indican las reacciones furiosas ante la mera existencia del informe de la Comisión de la Verdad entregado el año de 2022, también se repite, contra toda evidencia, la negación de los hechos y el rechazo de toda responsabilidad. En ese inexorable retorno del pasado, como escribió Borges, “una de las cosas que vuelve es el proyecto de abolir el pasado”.
Anexo 1
Post scriptum, tomado de “La reacción al libro sobre la Violencia”
Aunque un análisis sociopsicológico a fondo de este recuento se deje para más adelante, es casi imperativo deducir de él algunas conclusiones. La primera es que el libro, al no producir el efecto esperado por los autores en cuanto a la profilaxis y prevención de la violencia, se tornó simplemente en una herramienta de sondeo de la opinión de la clase dirigente nacional. Y lo que logró descubrir no fue ciertamente alentador: que a pesar de las elevadas palabras y los patrióticos gestos con que se recibió la política de convivencia de los partidos, seguía vivo y pertinaz el sectarismo egoísta e híspido que según personas es causa de la persistencia de nuestros males políticos.21
El libro, que no fue escrito contra el partido conservador, se interpretó parcialmente por sus personeros, perdiendo así la perspectiva patriótica que se buscaba para erradicar la violencia. Algunos otros, dejados (sic) llevar por la polémica, también perdieron la generosa visión de la patria que se necesita para reconstruirla. En esta forma, al embotarse la razón y pensarse más en cuanto grupo o partido, se olvidó al país, y el problema común de la violencia no recibió la atención que merecía. Cada grupo corrió a zafarse de su responsabilidad, dejando al proceso desatado que siguiera su propio y deforme cauce y a todo el país como víctima final de sus desmanes.
No obstante, el libro alcanzó algunos resultados positivos que deben registrarse. En primer lugar, indudablemente logró despertar a la opinión pública como quizás ninguna otra publicación la haya hecho en décadas recientes. Se oyó por un tiempo “la campana de alerta” y muchas personas impresionadas por la objetividad del libro decidieron alistarse conscientemente en la campaña nacional contra la violencia, ofrecieron recursos, sugirieron curas, animaron la resistencia a los desmanes y volvieron por los fueros del sufrido país. En segundo lugar, el libro fue elemento clarificador de etapas históricas confusas, hecho que, si no sea bien apreciado hoy, lo será doblemente por las generaciones futuras. Y por último, la publicación fue en tal forma documentada y sugestiva, que parece sirvió de base para concebir en parte el plan de Acción Cívico-Militar de las Fuerzas Armadas, plan útil para la pacificación de algunas áreas, que con persistencia puede ofrecer nuevas posibilidades de alivio del problema de la violencia.
Desgraciadamente, una vez amainada la tormenta político-literaria, luego de haberse proclamado otra vez lo demoniaco y de que unos cuantos se hubieran dado golpes de pecho por la misma, el país pareció volver a su nerviosa indiferencia respecto al más grave problema. La violencia sigue siendo cosa diaria y común, a las que los colombianos han de acostumbrarse, creando personas abúlicas y muertos en vida en las áreas donde reina; y gentes egoístas, apáticas y miopes en las ciudades donde se creen lejos del flagelo.
Cuánto le cuesta a Colombia esta situación es difícil de calcular. Pero es fácil concluir que podrá crearse un verdadero país —un país que se respete y que merezca el respeto de los demás— cuando en él no […] valga más el bienestar de un toro Angus que la vida de un campesino.
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Recibido: 24 de junio de 2025
Aceptado 20 de noviembre de 2025






